Llegó sin avisar a la humilde casa de su empleada para darle su último pago… Lo que descubrió adentro lo hizo romper en llanto y transformó su vida para siempre 😭❤️🏠

Las semanas pasaron. Matías empezó a llegar temprano del trabajo. Canceló cenas de negocios para ayudar a Gabriel con la tarea de matemáticas. Enseñó a Natalia a nadar en la inmensa alberca climatizada. Y los domingos, se sentaba en el jardín con Gabriela mientras los niños corrían, hablando no de trabajo, sino de la vida, de sueños rotos y de esperanzas nuevas. Descubrió que Gabriela era inteligente, mordaz y tenía un sentido del humor que lo hacía reír hasta que le dolía el estómago.

Se estaba enamorando. No solo de ella, sino de la vida que ella traía consigo. Se estaba enamorando de la sensación de ser necesitado por quién era, no por lo que tenía en el banco.

Pero la felicidad prestada siempre tiene fecha de caducidad.

Una tarde de lluvia torrencial, el teléfono de la casa sonó. Gabriela contestó en la cocina. Matías, que entraba en ese momento, la vio palidecer. —Sí… sí, Patricia. Qué bueno… gracias a Dios. Sí, entiendo. Claro. Aquí te esperamos.

Colgó el teléfono y se quedó mirando la lluvia golpear el ventanal. —¿Todo bien? —preguntó Matías, sintiendo un nudo en la garganta. —Mi madre está fuera de peligro. Se ha recuperado casi por completo. —Eso es una gran noticia, Gabi. —Sí… —ella se giró, y sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Patricia viene por los niños. Llega mañana.

El mundo de Matías se detuvo. El silencio, ese viejo enemigo que creía derrotado, amenazó con volver. —¿Se los lleva? —Son sus hijos, Matías. Los extraña. Mi mamá también quiere verlos. Tienen que volver a su vida, a su escuela, a su realidad.

—Esta puede ser su realidad —dijo él, con una urgencia que no pudo disimular—. Pueden quedarse. Hay escuelas excelentes aquí cerca. Yo puedo pagar… —No es solo dinero, Matías —lo cortó ella suavemente—. Es su familia. Su madre.

—¿Y tú? —preguntó él, dando un paso hacia ella—. ¿Tú también te vas? Gabriela bajó la mirada. —Mi trabajo era cuidarlos. Si ellos se van, mi razón para estar aquí… viviendo en esta casa… desaparece. No tendría sentido que yo me quedara sola en una mansión de huéspedes.

—¡Tú eres la razón! —explotó él. La confesión salió antes de que pudiera filtrarla—. Tú eres la razón por la que esta casa dejó de ser un mausoleo. No quiero que te vayas. No puedo volver a estar solo, Gabriela. No ahora que sé lo que se siente tener un hogar.

Ella lo miró, sorprendida, vulnerable. —Matías, somos de mundos diferentes. Esto… esto fue un paréntesis hermoso, pero la realidad siempre nos alcanza.

Al día siguiente, un auto modesto se estacionó junto al sedán de lujo. Patricia bajó, con el rostro cansado pero iluminado por la emoción de ver a sus hijos. El reencuentro fue emotivo; gritos, abrazos, llanto. Matías observaba desde el balcón, sintiéndose un intruso en su propia casa. Sentía que le arrancaban el corazón del pecho al ver a Gabriel abrazar a su madre, sabiendo que ese abrazo era el preludio de la despedida.