El silencio que siguió fue absoluto. Gabriela lo miró como si le hubiera salido una segunda cabeza. Gabriel soltó una risita nerviosa. —El señor rico quiere pelar papas, tía —susurró el niño.
—No hay papas, mi amor —dijo Gabriela, todavía en shock—. Pero… señor Campos, usted no puede… —Matías. Llámame Matías. Y sí puedo. Si voy a quedarme a interrumpir su rutina, lo menos que puedo hacer es ser útil.
Diez minutos después, el CEO de Campos Dining Group estaba sentado en un banco de plástico, con un bebé en el regazo que le babeaba la corbata de trescientos dólares, mientras intentaba convencer a Natalia de que su reloj no era un juguete comestible. Gabriela se movía por la cocina, echando tortillas al comal. El olor a maíz tostado llenó el aire, un aroma ancestral que despertó recuerdos en Matías que creía muertos: su propia abuela, una cocina en Veracruz, una infancia antes de la ambición.
Cuando sirvieron la comida, Matías se sentó a la mesa coja. Comió con un hambre voraz. No era el sabor, aunque estaba delicioso; era la compañía. Gabriel le contaba atropelladamente sobre su escuela y cómo un perro le había ladrado. Natalia le pasaba servilletas innecesarias solo para verlo sonreír. Y Gabriela… Gabriela lo miraba con una expresión indescifrable, una mezcla de gratitud y cautela.
—¿Por qué nunca me dijiste que tenías familia? —preguntó él, limpiando el plato con un pedazo de tortilla.
—Porque en su mundo, señor, las empleadas domésticas no tenemos vida propia. Somos invisibles mientras las superficies brillen. Si le decía que tenía problemas, pensé que me despediría por ineficiente.
La honestidad de ella fue un golpe seco. Matías bajó la mirada. Tenía razón. Él había creado ese muro. Al terminar, Gabriela se levantó para lavar los platos. Matías se levantó también. —Yo seco —dijo.
—¡No! —exclamó ella—. Eso sí que no. Ya comió con nosotros, ya cargó a Omar… pero lavar trastes… —Yo seco —repitió él con firmeza.
Mientras pasaba el trapo por los platos despostillados, observó las manos de ella sumergidas en la espuma. Eran manos trabajadoras, ásperas, pero que tocaban todo con una delicadeza infinita. —Tengo una propuesta —dijo él de repente, rompiendo el ritmo del agua cayendo.
Gabriela se tensó. —¿Qué tipo de propuesta? —Vuelve a trabajar para mí. —Señor, ya vio mi situación. No tengo quién cuide a los niños. No puedo dejarlos solos. —No tienes que dejarlos. Tráelos.
Gabriela cerró la llave del agua y se giró lentamente. —¿Cómo dice? —Mi casa… sabes que mi casa es ridículamente grande. Hay cinco habitaciones vacías. Hay un jardín donde cabría un estadio de fútbol. Hay una alberca que solo usan las hojas secas que caen de los árboles. Ven a vivir a la casa. Tú y los niños.
—Señor Campos, eso es una locura. —Te pagaré el doble. Te daré alojamiento y comida. Tú te encargas de que la casa no se venga abajo y, a cambio, los niños tienen un lugar seguro, espacio para correr y tú puedes trabajar sin preocuparte.
Gabriela lo estudió. Buscaba la trampa. Buscaba la malicia. Pero en los ojos de Matías, habitualmente fríos y calculadores, solo encontró una súplica silenciosa. Una desesperación por llenar el vacío. —¿Por qué haría eso por nosotros? —preguntó ella en un susurro. —Tal vez… tal vez porque necesito que alguien me enseñe que una casa sirve para algo más que para dormir.
Dos días después, un taxi descargó a la tropa en la entrada de la mansión de Las Lomas. Los niños entraron con los ojos como platos. Gabriel corrió por el vestíbulo de mármol, su risa rebotando en las paredes altas y frías, rompiendo el silencio sepulcral que había reinado allí por años.
—¡Tía, mira! ¡El techo está lejísimos! —gritaba. Natalia se aferraba a la pierna de Gabriela, intimidada por el lujo. Omar, en brazos de Matías (quien había insistido en cargarlo al bajar del taxi), miraba una lámpara de araña con fascinación.
La transformación de la casa fue paulatina pero inexorable. Donde antes había revistas de negocios perfectamente alineadas, ahora aparecían carritos de juguete. El olor a limpiador industrial fue reemplazado por el aroma a pan dulce y café de olla por las mañanas. Matías, que solía salir de su habitación directo al garaje, empezó a detenerse en la cocina. —Buenos días, Matías —le decía Gabriela, sirviéndole un plato de huevos con chorizo que sabía a gloria. —Buenos días, Tío Matías —coreaban los niños.
“Tío Matías”. La primera vez que Gabriel lo llamó así, Matías tuvo que irse al baño de visitas para que no lo vieran con los ojos húmedos. Nadie lo había llamado “tío”. Nadie lo había llamado nada que implicara afecto, solo jerarquía.
