La sala era minúscula. Un sofá viejo con una manta tejida para cubrir los resortes vencidos dominaba el espacio. En el suelo, sobre una alfombra de colores vivos, un bebé de apenas un año pataleaba furioso, exigiendo atención. Una niña de unos cuatro años, con los ojos más grandes y oscuros que Matías había visto, lo observaba desde la esquina, abrazada a un oso de peluche al que le faltaba una oreja.
—Ellos son mis sobrinos —dijo Gabriela rápidamente, notando la inspección de Matías—. Gabriel, Natalia y el bebé Omar. Mi hermana Patricia… ella tuvo que irse a Oaxaca de emergencia. Nuestra madre sufrió un derrame.
—¿Y te quedaste con los tres? —preguntó Matías, incrédulo.
—No había nadie más, señor. Patricia es madre soltera de los dos mayores. El papá de Omar… bueno, él trabaja en la construcción en otro estado y tampoco pudo venir. No tenía dinero para una guardería y no podía dejarlos solos para ir a limpiar su oficina. Tuve que elegir.
Matías miró a la mujer. Tenía ojeras profundas, el cabello un poco despeinado, pero sus manos no dejaban de moverse: acomodaban un cojín, limpiaban la nariz de Natalia, mecían el carrito del bebé. Era una orquesta de una sola persona tocando una sinfonía de cuidados intensivos.
—Toma —dijo Matías, poniendo el sobre en la mesa—. Es tu liquidación y el sueldo pendiente. Pero…
El llanto de Omar se convirtió en un grito desgarrador. Gabriela corrió hacia él, lo cargó y comenzó a mecerlo, susurrándole palabras dulces que parecían magia, porque el niño bajó el volumen casi al instante.
—Tiene hambre —dijo ella, mirándolo con disculpa—. Señor, no quiero ser grosera, pero tengo que darle de comer a los niños. Si gusta… ¿gusta un vaso de agua?
Matías miró su reloj. Tenía una conferencia con inversionistas en cuarenta minutos. Luego miró a Gabriel, el niño mayor, que lo observaba con una mezcla de miedo y curiosidad.
—¿Qué van a comer? —preguntó Matías.
Gabriela se sonrojó violentamente. —Frijoles con arroz y tortillas. No es comida de restaurante, señor.
—Me encantan los frijoles —mintió Matías. O tal vez no mentía. Hacía años que no comía algo que no tuviera un nombre en francés o estuviera decorado con espuma de trufa.
Sin esperar invitación, se quitó el saco y lo colocó con cuidado sobre el respaldo de una silla de madera. Se arremangó la camisa blanca impoluta. —¿Puedo ayudar en algo?
