Llegó sin avisar a la humilde casa de su empleada para darle su último pago… Lo que descubrió adentro lo hizo romper en llanto y transformó su vida para siempre 😭❤️🏠
La puerta se abrió con un chirrido metálico. Gabriela apareció, secándose las manos en un delantal floreado que había visto mejores días. Sus ojos, normalmente serenos, se abrieron desmesuradamente al verlo.
—¿Señor Campos? —su voz tembló—. ¿Qué… qué hace usted aquí?
Antes de que Matías pudiera formular una respuesta corporativa y distante, una pequeña cabeza se asomó por detrás de la pierna de Gabriela. Luego otra. Y al fondo, el llanto del bebé subió de volumen.
—Vine a traerte esto —dijo Matías, extendiendo el sobre como si fuera un escudo—. Y a ver por qué desapareciste. Tú nunca faltas.
Gabriela bajó la mirada, avergonzada, como si tener problemas personales fuera una falta de profesionalismo imperdonable.
—Lo siento mucho, señor. Es que… la vida se me complicó de golpe.
En ese momento, el niño que se escondía tras ella, un pequeño de unos seis años con la cara manchada de chocolate o tierra, tiró de su falda.
—Tía Gabi, ¿quién es el señor? ¿Es el cobrador?
La pregunta golpeó a Matías más fuerte de lo que esperaba. ¿Así lo veía el mundo? ¿Como alguien que viene a quitar, no a dar? Gabriela acarició la cabeza del niño con una ternura que Matías no sabía que ella poseía.
—No, mi amor. Es mi jefe. El señor Campos.
Matías miró por encima del hombro de ella. La casa era un caos, pero no un caos sucio. Era el desorden de la supervivencia. Juguetes remendados en el suelo, ropa secándose en las sillas. Y un olor… un olor a frijoles con epazote que, repentinamente, le provocó un hueco en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre física.
—¿Puedo pasar? —preguntó él, sorprendiéndose a sí mismo.
Gabriela dudó. Miró su humilde sala, luego el traje impecable de su jefe. Pero asintió, haciéndose a un lado.
—Perdone el desorden, señor. No esperábamos visitas… y menos la suya.
Matías cruzó el umbral. No sabía que, al dar ese paso, estaba cruzando la frontera de su antigua vida hacia algo que lo cambiaría para siempre. Lo que estaba a punto de ver y sentir en esa pequeña habitación no solo lo haría llorar, sino que reescribiría la definición de la palabra “riqueza” en su diccionario personal.
