Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar, sollozando de nuevo. —Nadie, señor. Solo… soy una tonta. Eso es todo. Por favor, déjeme ir.
Gustavo vio el dolor puro en sus ojos oscuros y supo que no podía dejarla ir. No esa noche. No así. —No —dijo él, sorprendiéndose a sí mismo por la intensidad de su negativa—. No te vas a ir así. No voy a permitir que termines tu noche pensando que eres una tonta.
Antes de que ella pudiera protestar, Gustavo hizo algo impensable. Tomó suavemente su mano. La mano de su empleada, áspera por el trabajo, entre sus manos cuidadas de empresario. —Ven conmigo —le dijo, no como una orden, sino como una invitación—. Por favor. Cena conmigo.
—Pero señor… yo no puedo… usted es mi jefe y yo… míreme —dijo ella, señalando su vestido prestado y su maquillaje corrido—. No pertenezco a su mesa.
Gustavo la miró a los ojos con una intensidad que le robó el aliento a Marcela. —En este momento, no soy tu jefe. Soy solo un hombre que no quiere cenar solo. Y tú eres la mujer más hermosa en este restaurante. Por favor, Marcela. Hazme el honor.
Marcela buscó una burla en su rostro, pero solo encontró sinceridad y una calidez desconocida. Aturdida, asintió levemente. Gustavo colocó su mano en la espalda baja de ella, un gesto de protección y respeto, y la guio no hacia la salida, sino de regreso a la mejor mesa del lugar, donde él había estado sentado.
El mesero se acercó rápidamente, sorprendido por el cambio de compañía. —Señor Castillo, ¿todo en orden? —Perfecto —respondió Gustavo sin apartar la vista de Marcela—. Tráiganos la carta. Y una botella del mejor champán. Hoy celebro que estoy en excelente compañía.
Esa cena fue el comienzo de todo. Al principio, Marcela estaba tensa, temerosa de tomar el tenedor incorrecto, temerosa de decir algo estúpido. Pero Gustavo, con una habilidad que ella desconocía, la fue desarmando. Le hizo preguntas sobre su vida, no las preguntas superficiales de un jefe, sino preguntas reales. Quería saber de dónde venía, qué soñaba, qué música le gustaba.
Y Marcela habló. Habló de su infancia en un pueblo pequeño de México, de cómo extrañaba el olor de la tierra mojada después de la lluvia, de cómo soñaba con estudiar diseño de modas algún día pero tuvo que dejarlo para enviar dinero a su familia. Gustavo la escuchaba hipnotizado. Descubrió que la mujer que limpiaba su casa tenía un alma vibrante, una inteligencia aguda y un sentido del humor que, una vez que se relajó, lo hizo reír como no lo había hecho en años.
—¿Sabes qué es lo más loco? —dijo Gustavo, ya con el postre frente a ellos, mirándola a la luz de las velas—. Hemos vivido bajo el mismo techo por tres años, y siento que acabo de conocerte hoy.
Marcela sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos, iluminando su rostro. —Es que en la casa soy “la muchacha”, señor. Nadie ve a la muchacha. —Gustavo —corrigió él suavemente, extendiendo su mano sobre la mesa para rozar los dedos de ella—. Llámame Gustavo. Y te prometo que nunca más volveré a dejar de verte, Marcela. Nunca más serás invisible para mí.
Esa noche, cuando Gustavo la llevó a casa —a su propia casa, pero dejándola en la puerta de servicio con una caballerosidad de película—, algo había cambiado irrevocablemente. Antes de despedirse, bajo la luz de la luna en el jardín trasero, él se quedó mirándola un momento demasiado largo. —Gracias por salvar mi noche, Marcela —susurró. —Usted salvó la mía… Gustavo —respondió ella, probando el nombre en sus labios, sintiendo el sabor a prohibido y dulce.
Los días siguientes fueron un torbellino secreto. En la mansión, mantenían las apariencias, pero las miradas que intercambiaban cargaban una electricidad estática. Un roce de manos al entregar el correo, una sonrisa cómplice mientras ella servía el café. Por las tardes, cuando el trabajo terminaba, se encontraban en el jardín o él la invitaba a “revisar inventarios” en la biblioteca, que no eran más que excusas para hablar durante horas, para conocerse, para enamorarse.
Pero el mundo real no es un jardín secreto. La sociedad de Los Ángeles es cruel y elitista, y Gustavo lo sabía. Sabía que su familia y sus socios nunca aceptarían a una empleada doméstica a su lado. Sin embargo, cuanto más conocía a Marcela, menos le importaba lo que pensaran los demás. Se había enamorado de su autenticidad, de su bondad, de la luz que ella traía a su vida gris y solitaria.
El punto de quiebre llegó un mes después. La Gala Benéfica anual de la Fundación Whitman, el evento social más importante del año. Todos esperaban que Gustavo asistiera, probablemente acompañado de alguna heredera o modelo.
—Quiero que vengas conmigo —le dijo Gustavo una tarde, mientras ella arreglaba unas flores en el vestíbulo. Marcela se congeló, y las rosas cayeron de sus manos. —¿A la gala? ¿Estás loco? Gustavo, ahí estará toda la alta sociedad. Me comerán viva. Sabrán quién soy. —Que sepan quién eres —dijo él, tomándola por los hombros—. Que sepan que eres la mujer que amo. No me importa el dinero, ni los apellidos. Me importas tú.
Marcela tuvo miedo. Un miedo paralizante. Pero al mirar los ojos decididos de Gustavo, recordó al hombre que la había rescatado en el restaurante, el hombre que la había visto cuando nadie más lo hacía. Si él era valiente, ella también podía serlo.
La noche de la gala, Marcela descendió las escaleras de la mansión no con su uniforme, sino con un vestido esmeralda que Gustavo le había regalado, un vestido que resaltaba su piel morena y sus ojos profundos. Se veía regia, imponente, pero sus manos temblaban. —Estás perfecta —le susurró él al oído antes de subir a la limusina.
