9:15 PM. La esperanza comenzaba a doler. Sacó su celular, la batería estaba baja, pero no había mensajes nuevos. Releyó su última conversación. Todo parecía tan prometedor hace unas horas. ¿Habría tenido un accidente? ¿Se habría perdido? Su mente ingenua buscaba excusas para protegerse de la verdad cruel que empezaba a asomar.
De repente, el teléfono vibró en su mano. Marcela casi lo deja caer de la emoción. Era un mensaje de Diego. Sus dedos temblaron al desbloquear la pantalla, una sonrisa de alivio formándose en sus labios. Pero la sonrisa se congeló y luego se rompió en mil pedazos al leer el texto:
“Hola. Mira, te vi entrar al restaurante desde mi coche. Lo siento, pero no puedo hacerlo. No eres lo que esperaba. Se nota a leguas que no encajas aquí. No puedo perder mi tiempo con una chica como tú, una sirvienta jugando a ser princesa. Que tengas buena vida.”
El mundo se detuvo. El ruido del restaurante se convirtió en un zumbido lejano. “Una chica como tú”. Las palabras se clavaron en su pecho como cuchillos fríos. No era solo un rechazo; era una confirmación de sus peores miedos. Él la había visto, la había juzgado por su apariencia, por su pobreza, y había decidido que no valía ni siquiera la cortesía de un saludo.
Las lágrimas, calientes y traicioneras, brotaron de sus ojos antes de que pudiera detenerlas. Intentó limpiarlas discretamente con la servilleta de tela, pero el dolor era demasiado grande, demasiado profundo. Se sentía sucia, tonta, insignificante. Había gastado sus ilusiones y su dignidad en alguien que la veía como basura.
El mesero pasó cerca, y al verla llorar, desvió la mirada incómodo. Marcela quería desaparecer. Quería fundirse con el suelo y dejar de existir. Agarró su bolsa, sus nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba la correa. Tenía que salir de allí. No podía permitir que la vieran romperse por completo. Se levantó, sus piernas temblando, sintiendo que cada paso hacia la salida era una tortura pública.
Pero lo que Marcela no sabía, mientras caminaba cegada por las lágrimas hacia la puerta, era que no estaba sola en su dolor. En una mesa discreta, en un rincón en penumbra del restaurante, un par de ojos grises la habían estado observando durante la última hora. Unos ojos que la conocían, pero que, paradójicamente, nunca la habían visto realmente hasta este preciso instante. Y el dueño de esos ojos estaba a punto de tomar una decisión que cambiaría el destino de ambos para siempre.
Gustavo Castillo había tenido un día terrible. Una fusión millonaria se había complicado en el último minuto, y para colmo, su cita de negocios para la cena se había cancelado cuando ya estaba sentado en el restaurante. Había decidido quedarse, pedir un whisky y revisar algunos documentos en su tablet, disfrutando del raro silencio en su ajetreada vida.
Fue entonces cuando la vio.
Al principio, solo registró una figura femenina solitaria junto a la ventana. Pero algo en su postura, en la forma humilde y nerviosa en que sostenía su vaso de agua, le llamó la atención. Entrecerró los ojos, tratando de ubicarla. Ese perfil… esa manera de recogerse un mechón de cabello detrás de la oreja…
—¿Marcela? —susurró para sí mismo, incrédulo.
Era su empleada doméstica. Pero no la Marcela que veía todos los días con su uniforme gris y el cabello estirado en un chongo severo. Esta mujer llevaba el cabello suelto, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros desnudos. El vestido azul abrazaba una figura que él nunca había notado que ella tenía. Se veía… hermosa. Y terriblemente triste.
Gustavo observó, fascinado y confundido, cómo pasaban los minutos. Vio la esperanza en su rostro transformarse en ansiedad, y luego, al leer el mensaje en su teléfono, en una devastación absoluta. Vio cómo sus hombros se sacudían en un llanto silencioso que ella intentaba desesperadamente ocultar.
Algo se rompió dentro de Gustavo al verla así. Durante tres años, ella había cuidado de su hogar con una dedicación silenciosa. Nunca se quejaba, siempre tenía una sonrisa tímida para él, incluso cuando él pasaba a su lado sin apenas murmurar un “buenos días”. Verla ahora, tan vulnerable, tan herida, despertó en él un instinto protector que no sabía que poseía.
Cuando ella se levantó para irse, derrotada, Gustavo no lo pensó. El empresario frío y calculador desapareció. Se puso de pie de un salto, dejando su tablet y su bebida olvidadas en la mesa. Sus largas piernas cruzaron el restaurante con zancadas decididas, interceptándola justo antes de que ella alcanzara la pesada puerta de cristal.
—¿Marcela? —dijo él, con una voz suave pero firme.
Ella se detuvo en seco, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se giró lentamente, y el horror se pintó en su rostro bañado en lágrimas al reconocerlo. —Se… Señor Castillo —balbuceó, bajando la cabeza inmediatamente, intentando ocultar su rostro hinchado—. Lo siento, yo… yo no sabía que estaba aquí. Ya me iba, perdóneme.
Su vergüenza era palpable, y a Gustavo le dolió físicamente. —Marcela, mírame —pidió él, dando un paso más cerca, ignorando las miradas curiosas de los demás—. No tienes nada por lo que pedir perdón. ¿Qué ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto?
