La rechazó en su cita por tener solo 5 dólares y ser empleada doméstica, sin saber que el millonario de la mesa de al lado estaba a punto de cambiar su vida para siempre…

Marcela Domínguez se miró por última vez en el espejo astillado de su pequeña habitación, ubicada en la parte trasera de la mansión donde trabajaba. A sus 24 años, la vida no había sido un cuento de hadas, sino más bien una serie interminable de días laborales, manos ásperas por el cloro y sueños postergados. Sin embargo, esa noche, algo vibraba en el aire, una electricidad que hacía que sus manos temblaran mientras alisaba la tela del vestido azul marino que su amiga Fernanda le había prestado.

—Mi hijita, tienes que intentarlo. Al menos una vez, permítete creer que algo bueno puede pasar —le había dicho Fernanda esa mañana, mientras le entregaba el vestido y unos zapatos de tacón bajo que, aunque le apretaban un poco los dedos, eran los más elegantes que Marcela había tenido jamás en sus pies.

Marcela suspiró, intentando calmar el aleteo furioso de mariposas en su estómago. Llevaba tres años trabajando como empleada doméstica en la imponente residencia de Gustavo Castillo, uno de los empresarios más exitosos y respetados de Los Ángeles. Para ella, el señor Castillo era una figura lejana, un hombre serio que salía temprano en su auto deportivo y regresaba tarde, dejando tras de sí un rastro de aroma a colonia costosa y soledad. Ella era invisible para él, una sombra eficiente que mantenía su mundo ordenado: lavaba su ropa, pulía sus pisos y aseguraba que su café estuviera listo a la temperatura exacta cada mañana. Pero esta noche, Marcela no era la empleada doméstica invisible. Esta noche, era simplemente una mujer joven con una esperanza frágil guardada en el pecho.

Tomó su pequeña bolsa de mano y verificó por décima vez que sus ahorros estuvieran allí. Cinco dólares. Eso era todo lo que tenía. Una suma ridícula para una cita en la ciudad, pero Diego, el chico con el que había estado hablando por una aplicación de citas durante dos semanas, había prometido invitarla. Él parecía diferente a los demás: trabajador, dulce, con palabras que acariciaban su autoestima herida a través de la pantalla del celular. Le había asegurado que el dinero no importaba, que solo quería conocer a la mujer detrás de esos mensajes tímidos y sinceros.

—Por favor, Dios mío, que sea real —susurró Marcela al salir de su cuarto, cuidando de no hacer ruido.

El trayecto en su viejo automóvil hasta el restaurante “La Rosa Dorada” se sintió eterno. La ciudad de Los Ángeles brillaba bajo el cielo nocturno, indiferente a sus nervios. Al llegar, el restaurante se alzaba como un palacio de cristal y luz, un mundo al que Marcela sabía que no pertenecía. Valets con uniformes impecables recibían autos que costaban más de lo que ella ganaría en toda su vida. Estacionó su coche un poco lejos, avergonzada de su pintura desgastada, y caminó hacia la entrada con el corazón latiendo en la garganta.

El interior del lugar era intimidante. El aire olía a flores frescas y a dinero antiguo. Las mesas estaban ocupadas por parejas que reían suavemente, brindando con copas de cristal fino. Marcela se sintió pequeña, como una intrusa que se ha colado en un baile real.

—Disculpe —dijo con voz temblorosa al anfitrión, un hombre alto que la escaneó de arriba abajo con una ceja levantada, notando quizás que el vestido no era de marca o que sus zapatos ya habían visto mejores días—. Busco la mesa reservada por Diego.

El anfitrión revisó su lista con desdén antes de señalarle una mesa vacía junto a un ventanal con una vista espectacular de la ciudad. —Mesa cuatro. Él aún no ha llegado.

Marcela se sentó, tratando de ocupar el menor espacio posible. Eran las 8:00 PM en punto. Diego había prometido ser puntual. “No te preocupes, hermosa, estaré ahí para verte brillar”, le había escrito. Ella se aferró a esas palabras mientras los minutos comenzaban a pasar.

8:15 PM. El mesero se acercó por primera vez. —¿Desea ordenar algo de beber mientras espera, señorita? —Solo agua, por favor —respondió ella, consciente de que sus cinco dólares no cubrirían ni el cóctel más barato del menú.

8:45 PM. Las parejas a su alrededor ya estaban terminando sus entradas. Marcela mantenía la vista fija en la puerta, cada vez que esta se abría, su corazón daba un salto, solo para hundirse de nuevo al ver entrar a extraños. Empezó a sentir las miradas de los demás comensales. Miradas de curiosidad, de lástima. Se sentía expuesta, ridícula en su intento de jugar a ser alguien que no era.