La madrastra obligó a su hijastra a comprometerse con un mendigo para humillarla delante de todos. ¡Pero el día de la boda, todos quedaron aterrados por el secreto que el mendigo reveló-PIC

A medida que avanzaba la tarde, la desesperación de Ethan crecía. Observaba a otros sin techo acercarse a los transeúntes pidiendo unas monedas, pero él no encontraba el valor para hacer lo mismo. Su orgullo, lo último que le quedaba, lo detenía.

Un hombre mayor, sentado no muy lejos, lo miró con una mezcla de compasión y entendimiento.
—Chico, a veces las cosas parecen sin esperanza, pero sobrevivimos —dijo con voz ronca, marcada por la edad y la vida en la calle.
—Lo sé, pero… a veces parece que nuestra vida aquí nunca va a cambiar. Solo tenemos las pocas monedas que nos da la gente de buen corazón, pero necesitamos más oportunidades de trabajo, un lugar donde vivir y comida saludable en la mesa —respondió Ethan, con voz temblorosa entre la esperanza y la incredulidad.

De repente, como si el universo hubiera escuchado su súplica silenciosa, una mujer de mediana edad se detuvo frente a él. Sin decir una palabra, le entregó una bolsa de papel que contenía un sándwich caliente.

El aroma del pan recién horneado y la carne asada llenó sus fosas nasales, haciendo que su estómago se revolviera de anticipación. Ethan levantó la vista hacia la mujer, con los ojos llenos de gratitud.
—Gracias, señora. No tiene idea de lo que esto significa para mí —dijo, con la voz entrecortada por la emoción.

La mujer simplemente le sonrió con dulzura y siguió su camino, dejando a Ethan asombrado por ese acto de bondad. Tal vez aún había compasión en este mundo.

Tal vez no estaba completamente solo, pensó, sintiendo que una chispa de esperanza se encendía en su pecho. Mientras se preparaba para saborear el valioso sándwich, su mirada se posó en dos hombres más sentados cerca. Sus rostros delgados y ojos hambrientos eran un reflejo de su propia situación.

Sin dudarlo, Ethan dividió el sándwich en tres partes y se las ofreció a sus compañeros de infortunio.
—Chicos, vamos a compartir. Nadie debería pasar hambre si podemos ayudarnos entre nosotros —dijo, con voz ronca pero amable.

Al otro lado de la calle, dos mujeres observaban la escena. Olivia, una joven de largo cabello castaño y compasivos ojos verdes, sintió que se le encogía el corazón al presenciar aquel acto de generosidad. Dio un paso hacia la acera, decidida a ofrecer más ayuda, cuando sintió un fuerte tirón en el brazo.