Dentro, la mansión parecía de otro mundo: candelabros de cristal, pisos de mármol, paredes llenas de arte. Katherina permaneció en la entrada, temerosa de tocar algo.
—»Señor, yo… no entiendo… ¿por qué debería…?»
—»Porque me salvaste la vida —la interrumpió—. Y porque…» se detuvo y bajó la vista, «vi algo en tus ojos cuando no te rendiste. Nadie me ha mirado así. Ni siquiera los que me pagan.»
Por primera vez, Katherina lo miró a los ojos. Vio en ellos soledad profunda y sincera.
—»Usted es buena persona —susurró.»
Él esbozó una leve sonrisa.
—»Si lo soy, es gracias a lo que hiciste.»
Los días se convirtieron en semanas. Michael la empleó como su asistente, le compró ropa nueva, le enseñó cosas que nunca creyó posibles: escribir correos electrónicos, asistir a reuniones, hablar con confianza.
El resto del personal murmuraba a sus espaldas insinuando que dormía con el jefe. Katherina los ignoraba. Se concentraba en su trabajo, agradecida por una segunda oportunidad.
Pero algo cambió en Michael. A veces estaba distante, inquieto, horas enteras mirando por la ventana. Una noche, Katherina lo encontró en su oficina, sudando y jadeando.
—»¡Señor! ¡Señor, qué pasa?!» gritó corriendo hacia él.
Él la agarró firme por la muñeca, ojos desorbitados.
—»Fui envenenado, Katherina —susurró con voz ronca—. La junta directiva… quería matarme porque descubrí un fraude.»
Ella se paralizó.
—»¿Qué?»
