Katherina se dio vuelta para irse, pero un elegante auto negro frenó de golpe a su lado. La ventana se bajó lentamente… y estaba él.
Michael Owen. Pálido, débil, pero vivo. Su mirada la atravesó con tal intensidad que Katherina se quedó petrificada.
—»Tú…» —dijo con voz áspera pero firme—. «Sube al auto.»
Los guardias se miraron sorprendidos. El corazón de Katherina latía desbocado mientras se acercaba.
—»Señor, yo… no quería…»
—»Me salvaste la vida —la interrumpió sin apartar la vista de ella—. Ahora es mi turno de salvar la tuya.»
Por un momento dudó, luego entró. Las puertas se cerraron y la separaron del mundo que la despreciaba. Dentro del auto, el multimillonario se giró y susurró:
—»A partir de ahora, tu vida nunca será la misma.»
Ep. 3
Katherina se quedó rígida en el asiento trasero del auto, con el corazón latiendo tan fuerte que apenas escuchaba el rugido del motor. Michael Owen estaba a su lado, los ojos ocultos tras gafas de sol, aunque el sol apenas penetraba entre las nubes.
El silencio entre ellos era pesado, hasta que habló en voz baja:
—»Te despidieron, ¿verdad?»
Katherina tragó saliva.
—»Sí, señor. Dijeron que crucé la línea.»
Michael se volvió hacia ella.
—»¿Qué línea? ¿Salvarle la vida a alguien?»
No supo qué decir. Él suspiró y se quitó las gafas. Su rostro estaba pálido, pero seguía siendo imponente —el mismo que aparecía en las portadas de revistas, el mismo que ella había devuelto a la vida con su aliento.
—»No debiste sufrir por lo que hiciste —dijo en un tono más suave—. Te debo todo.»
El auto se detuvo frente a una enorme mansión rodeada de altas rejas de hierro. Katherina respiró agitada; nunca había visto nada igual.
—»Vamos —dijo él al bajar—. Desde ahora trabajarás para mí… personalmente.»
