La hija del empresario viudo no había comido en dos semanas… ¡hasta que llegó la nueva criada y cambió todo!

Las semanas siguientes la casa cambió de ritmo. Marina volvió a comer poquito a poquito, luego más. Volvió a salir del cuarto. Volvió a dibujar. Volvió a correr en el jardín, persiguiendo mariposas.

Una tarde, mientras Marina jugaba, Octavio se acercó a Claudia en la terraza.

—No sé cómo agradecerte.

—No me debe nada —respondió ella.

—Sí te debo. Me devolviste a mi hija… y me devolviste a mí. —Se quedó callado un segundo—. Quiero pedirte algo. Quédate. No como empleada. Quédate como… familia.

Claudia sintió el miedo en la garganta, ese miedo viejo de volver a querer a alguien y perderlo.

—Me da miedo… —confesó—. Me da miedo que Marina recaiga. Me da miedo encariñarme y luego… quedarme sola otra vez.

Octavio bajó la voz.

—No te voy a soltar. Y Marina… —miró hacia el jardín— ya te eligió.

Como si lo hubiera escuchado, Marina corrió hacia ellos, con el cabello alborotado.

—¡Claudia! ¡Mira lo que encontré! —Una catarina en su mano. Sonreía.

Claudia la miró y, sin darse cuenta, se le llenaron los ojos.

—Qué bonita —dijo, y la dejó subir por su dedo.

Marina los observó, seria por un instante, como si fuera más grande.

—¿Te vas a ir? —preguntó.

Claudia se agachó a su altura.

—No. No me voy.

Marina respiró, aliviada, y abrazó a Claudia por el cuello con fuerza.

Octavio tragó saliva, emocionado, y se acercó también. No fue un final perfecto de película. Fue algo mejor: un final verdadero, construido con días difíciles, cucharadas pequeñas y cartas guardadas en una caja.

Ese domingo, los tres plantaron un arbolito en el jardín. Un jacaranda joven, de tronco delgado.

—Para mamá —dijo Marina, poniendo tierra con sus manos.

—Para Lorena —susurró Octavio.

Claudia apretó sus manos, una en cada lado, y juntos cubrieron las raíces.

Y cuando el viento movió las hojas nuevas, Marina sonrió y dijo, como quien prueba una palabra por primera vez, sin miedo:

—Gracias… mamá Claudia.

Claudia se quedó quieta un segundo, con el corazón desbordándose. Luego la abrazó fuerte.

—Aquí estoy, mi amor. Aquí me quedo.

Bajo el sol de Jalisco, la casa que antes olía a mármol y silencio empezó a oler a caldo, a risas y a vida otra vez. Y la ausencia de Lorena, sin irse nunca del todo, dejó de ser un cuarto oscuro: se volvió una luz suave que acompañaba, sin destruir. Porque algunas familias no nacen. Algunas… se reconstruyen.