Octavio se cubrió la boca con la mano. Las lágrimas le salieron como si ya no cupieran adentro.
—Soy un desastre… No he podido ni entrar a su cuarto sin sentir que me muero. Veo a Lorena en su cara… y huyo. Como un cobarde.
Claudia habló bajito, pero firme:
—No necesita ser perfecto. Necesita estar. Aunque le duela. Especialmente si le duele.
Esa misma noche, Octavio volvió a subir. Tocó suave.
—¿Puedo pasar? —preguntó a la oscuridad.
Marina se movió un poco. Abrió los ojos.
Miró a Claudia, que estaba junto al sillón, y Claudia le dio una sonrisa pequeña, como diciendo “tú decides”.
—Pasa… —susurró Marina.
Octavio entró despacio, como quien pisa una casa nueva. Se sentó en el piso, torpe, al lado de Claudia.
—Quiero… que me cuentes de tu mamá —dijo, con la voz rota.
Y Marina, al principio con pausas largas, luego con un poco más de aire, empezó a hablar. Del día que hicieron castillos de arena. De cómo Lorena cantaba rancheras en la cocina, cambiando la letra para hacerla reír. De la vez que Octavio quiso pedirle matrimonio y se le cayó el anillo bajo otra mesa y tuvieron que gatear los dos, muertos de risa.
Octavio también habló. De cómo Lorena lo miró por primera vez en un café en Guadalajara. De cómo lloró cuando nació Marina.
Y entonces pasó lo impensable: Marina soltó una risita, chiquita, tímida, como un pajarito asomándose después de una tormenta.
Octavio cerró los ojos, como si esa risa le hubiera regresado el alma.
