La cucharita tocó sus labios. Marina cerró los ojos, tragó con dificultad… y esperó, como si el cuerpo le fuera a castigar.
No pasó nada.
Marina abrió los ojos, sorprendida.
—Lo… logré.
—Sí, mi vida. Lo lograste.
Tomó otra cucharada. Y otra. Lento, pero real. Media tacita en veinte minutos. Era un milagro pequeño… y por eso enorme.
Cuando Sonia regresó, dejó caer casi las bolsas.
—¿Está comiendo? —preguntó, como si temiera que el aire la desmintiera.
—Un poquito —sonrió Claudia—. Pero sí.
Sonia se llevó una mano al pecho y se le aguaron los ojos.
Esa noche, Octavio llegó a las ocho, traje arrugado, corbata floja, mirada rota.
—¿Cómo fue el día? —preguntó sin fuerza.
Sonia lo miró fijo.
—La Marina comió.
Octavio se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Comió. Caldo. Poquito, pero comió.
Octavio soltó el saco, subió las escaleras de dos en dos y entró al cuarto. Marina dormía abrazada a un osito viejo, con un poco de color en las mejillas por primera vez en semanas.
Octavio se sentó al borde de la cama y le acarició el cabello sin atreverse a respirar fuerte. Se le escapó un sollozo mudo. No era solo alivio: era culpa.
Bajó después a la cocina y encontró a Claudia lavando un plato.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó, directo, pero con una desesperación que se le veía en el cuello, en las manos.
Claudia lo miró sin miedo.
—No la curé. La escuché. La dejé llorar. Y encontramos esto. —Sacó la carta con cuidado—. Lorena le escribió.
Octavio tomó el papel como si quemara. Leyó la primera línea y se le dobló la espalda.
—Yo… yo no sabía que existía.
—Marina piensa que usted la culpa.
