La hija del empresario viudo no había comido en dos semanas… ¡hasta que llegó la nueva criada y cambió todo!

Se acercó un poco y, con delicadeza, tomó la mano de Marina. Estaba fría.

—Escúchame —susurró—. Comer no borra a nadie. Tu mamá no vive en tu estómago, Marina. Vive aquí —y con un dedo suave tocó el centro del pecho de la niña—. En tu corazón. Ahí no se muere. Ahí no se olvida.

Marina tembló. La primera lágrima se le cayó sin permiso.

—Mi papá ya no habla conmigo… —soltó de golpe, como si esa verdad pesara más que la muerte—. Se encierra. Creo que me culpa. Creo que ya no me quiere.

Claudia negó despacio, con una firmeza que no era regaño, era ancla.

—No. Tu papá está roto. Y cuando los adultos se rompen, a veces hacen eso: se esconden. No porque no amen… sino porque les duele amar.

Marina bajó la mirada. Entonces sus dedos tocaron el sobre del fondo de la caja, y lo sacó. Tenía su nombre escrito con letra redonda: “Para mi Marina”.

Claudia sintió un escalofrío.

—¿Eso estaba ahí? —preguntó, casi sin voz.

Marina abrió el sobre con cuidado de no rasgarlo. Dentro había una hoja doblada. Leyó la primera línea y el aire se le atoró.

—“Si estás leyendo esto, es porque yo no pude volver a casa…” —leyó Marina en un hilo de voz.

Claudia se quedó helada. Lorena había escrito esa carta antes del accidente, como si hubiera presentido algo.

Marina siguió leyendo, con la cara empapada:

—“No me busques en la comida que no comes ni en la silla donde esperas. Búscame en las canciones que cantábamos, en tus juegos, en el sol de los domingos. Vive, mi amor. Vive por las dos…” —Marina levantó los ojos hacia Claudia, devastada—. Mamá… sabía.

Claudia, sin pensarlo, la abrazó. Marina se quebró por completo. Lloró como no había llorado en dos meses: con el cuerpo entero, con la garganta, con rabia y miedo y amor. Claudia la sostuvo fuerte, sin prisa. Como se sostiene a alguien que está reaprendiendo a existir.

Cuando Marina se calmó un poco, Claudia secó sus mejillas con la manga del uniforme.

—Hagamos un trato —dijo—. Hoy comes una cosita pequeña. Solo una cucharada. Y mañana me cuentas todo sobre tu mamá. Todo lo que recuerdes. Así no se va a ningún lado. La vamos a tener aquí… con historias.

Marina tragó saliva. Miró la carta. Asintió apenas. Pero asintió.

Bajaron despacio a la cocina. Claudia calentó un caldo de pollo ligero, le puso unas gotitas de limón, un poquito de cilantro picado. Nada de platos grandes, nada de presión: una tacita blanca, una cucharita.

Marina temblaba al sostener la cuchara, como si fuera un arma.

—Una sola —susurró Claudia—. Tú mandas.