La hija del empresario viudo no había comido en dos semanas… ¡hasta que llegó la nueva criada y cambió todo!

Quince minutos después bajó con la charola intacta.

—Otra vez —murmuró, tirando la comida con un movimiento automático.

Cuando Sonia salió a hacer compras por la tarde, la mansión quedó en un silencio pesado. Claudia terminó la cocina, guardó los productos, limpió el piso. Y entonces escuchó un golpe sordo arriba. Como algo que cae… o alguien.

Subió corriendo, con el corazón golpeándole las costillas.

La puerta del cuarto de Marina estaba entreabierta. Claudia empujó despacio.

Marina estaba de rodillas frente a un armario enorme, temblando, estirando los brazos hacia una repisa alta donde había una caja beige de zapatos. La niña se veía a punto de desplomarse.

—Marina… —susurró Claudia, sin acercarse de golpe—. Tranquila. Déjame ayudarte.

La niña giró de inmediato, sobresaltada. Por primera vez apareció emoción en su cara: miedo puro, como si el mundo la fuera a lastimar otra vez.

Claudia alzó ambas manos en señal de calma.

—No voy a hacerte nada. Lo prometo. Solo… esa caja está muy alta para ti.

Marina dudó. Le temblaban los labios. Finalmente bajó los brazos y se quedó quieta, respirando rápido.

Claudia tomó la caja con cuidado y se la entregó, como si fuera cristal.

Marina la abrazó contra el pecho y volvió al sillón. Sus dedos huesudos levantaron la tapa y, de adentro, sacó fotos. Muchas. Una mujer rubia de sonrisa enorme, abrazando a Marina en la playa, en un parque, en una cocina con harina por todas partes, frente a un árbol de Navidad, en el zoológico.

Claudia tragó saliva. Se sentó en el piso, a unos pasos, sin invadir.

Marina miraba cada foto como si estuviera memorizándola antes de que el mundo se la robara también.

Al fondo de la caja, una esquina de sobre llamó la atención de Claudia. No dijo nada. Solo lo vio.

Las lágrimas empezaron a llenar los ojos de Marina, lentamente, como si tardaran en recordar el camino.

—Se fue… —dijo la niña, con la voz áspera, sin despegar la vista de la foto.

Claudia respiró hondo, cuidando cada palabra.

—Sí, mi amor. Se fue.

Marina apretó la foto contra su pecho.

—Si yo como… por un ratito me olvido. Y yo no quiero olvidarla ni un segundo. Si me olvido… es como si nunca hubiera existido.

Esa frase le abrió el corazón a Claudia como un cuchillo.