La hija del empresario viudo no había comido en dos semanas… ¡hasta que llegó la nueva criada y cambió todo!

—Han venido médicos carísimos, psicólogos, nutriólogos, terapeutas de duelo… Todos cobran, todos prometen, nadie resuelve. Y el patrón… —Sonia apretó la mandíbula— trabaja todo el día y en la noche se encierra con whisky en el estudio. No sabe qué hacer. Tú vas a limpiar, ayudar en lo que se necesite. Y no intentes forzar a la niña. Terminarás como las demás.

Claudia escuchó en silencio, pero por dentro una parte suya se estremecía. Ella también era viuda. Cinco años atrás, su marido murió en una obra, aplastado por una estructura mal asegurada. Claudia todavía podía recordar el sonido del teléfono a medianoche, la voz que se quebraba al decir “lo siento”. Todavía recordaba el primer mes en el que esperaba escuchar su llave en la puerta, como si la realidad fuera un malentendido.

—¿Dónde está Marina? —preguntó suave.

Sonia se detuvo en el pasillo del segundo piso.

—En su cuarto. Siempre.

La puerta era blanca con detalles dorados y una plaquita rosa que decía: Marina.

Sonia tocó tres veces y abrió sin esperar respuesta.

El cuarto parecía un mundo detenido en el tiempo: paredes rosa pálido, peluches por todas partes, una mesita con un juego de té de juguete perfectamente servido, muñecas de porcelana mirando desde repisas como si fueran testigos silenciosos. En el centro, cerca de la ventana, Marina estaba sentada en un sillón de terciopelo rosa. Ocho años, pero tan pequeña y delgada que parecía de seis. El pijama le quedaba grande; las pantuflas de conejo le sobraban. Tenía el cabello castaño, lacio, sin brillo. Y sus ojos… sus ojos miraban hacia el jardín sin mirar nada.

—Marina —dijo Sonia con una ternura cansada—. Ella va a trabajar aquí y te va a ayudar.

Ni un parpadeo.

Claudia se agachó hasta quedar a su altura.

—Hola, Marina. Mucho gusto. Yo soy Claudia.

Nada.

No era indiferencia. Era otra cosa: como si la niña estuviera lejos, detrás de una pared de vidrio grueso.

Sonia cerró la puerta despacio en el pasillo.

—¿Ves? Así todo el tiempo.

El día pasó entre pasillos inmensos, baños que parecían hoteles y una cocina con electrodomésticos que Claudia apenas sabía encender. A mediodía, Sonia subió una charola preciosa: sopa de verduras, tostadas, jugo de naranja, fruta cortada en estrellitas.