La hija del empresario viudo no había comido en dos semanas… ¡hasta que llegó la nueva criada y cambió todo!

Claudia no preguntó por qué. Cuando uno tiene la renta vencida y el refri vacío, las preguntas se vuelven un lujo.

La reja negra se abrió con un zumbido suave. Adentro, el jardín parecía de revista: pasto perfecto, fuentes, flores acomodadas como si alguien las peinara cada mañana. Claudia respiró hondo, tocó el timbre y esperó.

La puerta se abrió con un golpe seco.

—¿Tú eres la nueva? —preguntó una mujer de mediana edad, con el cansancio marcado en los ojos. Tenía el pelo recogido con un broche y las manos olorosas a cloro.

—Sí, señora. Me llamo Claudia.

—Soy Sonia Rivas, la ama de llaves. Pasa.

El vestíbulo era enorme. Mármol claro, un candelabro de cristal que parecía una lluvia congelada y una escalera ancha que se partía en dos como en las películas. Todo olía a limpieza… y a algo más frío: a casa sin vida.

Sonia no perdió tiempo.


—Voy a hablarte claro porque aquí no tenemos margen. El patrón se llama Octavio Santillán. Hace dos meses su esposa, Lorena, murió en un accidente. Desde entonces, su hija, Marina, no come. Nada. Dos semanas completas sin probar comida. A duras penas toma agua cuando insistimos.

Claudia sintió que algo se le apretaba en el pecho.

—¿Dos semanas?