Al principio, apenas lo notó. Solo otra figura apretada bajo capas de ropa, otra persona a la que la ciudad le había enseñado a no ver.
En Chicago, ignorar las dificultades no siempre era crueldad.
A veces parecía supervivencia.
Jonathan dio tres pasos más allá del banco antes de que algo le hiciera reducir la velocidad.
Quizás fue el silencio.
Demasiado silencio.
O la forma en que la figura se encorvó hacia adentro, con los brazos firmemente envueltos alrededor de una bolsa de lona descolorida como si fuera lo único que la mantenía unida.
Con un silencioso suspiro de irritación (hacia sí mismo más que por cualquier otra cosa), Jonathan se dio la vuelta.
La farola sobre el banco parpadeaba, proyectando una luz desigual sobre el rostro de la mujer.
Y de repente, el mundo pareció inclinarse.
Reconocimiento bajo una luz parpadeante
Jonathan dejó de respirar.
Los rizos eran inconfundibles.
La suave curva de su mejilla.
La leve cicatriz cerca de su ceja.
Su corazón se apretó.
—No... —murmuró—. No puede ser...
Él se acercó más.
Era ella.
Maya.
La mujer a la que había despedido por llegar cinco minutos tarde.
Estaba desplomada de lado en el banco, con la cabeza inclinada en un ángulo extraño. Su piel se veía pálida bajo la tenue luz, y sus labios estaban ligeramente decolorados por el frío.
Jonathan se dejó caer sobre una rodilla a su lado.
—Maya —dijo en voz baja, tocándole el brazo—. Maya, ¿me oyes?
Ella no se movió.
Una ola de inquietud lo invadió.
“Maya”, repitió, más fuerte esta vez.
Todavía nada.
Tenía las manos apretadas contra el pecho, con los dedos aferrados a algo que él no podía ver. Con cuidado, casi con reverencia, Jonathan la aflojó.
Lo que encontró le hizo doler el pecho.
El papel que no quería soltar
Fue un comunicado del hospital.
Doblé y volví a doblar hasta que el papel se ablandó en los pliegues.
Nombre del paciente: Elena Rivera
Saldo pendiente: $3,860
Fecha de pago: 20 de diciembre
Jonathan se quedó mirando la fecha.
Era el 22 de diciembre.
Dos días de retraso.
En la otra mano llevaba un pequeño fajo de billetes: de diez, de cinco y algunos arrugados. Apenas lo suficiente como para importar, pero lo sostenía como si fuera un objeto precioso.
Jonathan sintió un fuerte tirón del recuerdo.
Esa mañana en su cocina.
El cansancio en sus ojos.
El temblor en su voz cuando intentaba explicar.
Él no había preguntado por su madre.
Él no había escuchado.
Sin pensarlo, Jonathan se quitó el abrigo y lo envolvió alrededor de su delgada figura, ajustándolo firmemente alrededor de sus hombros.
