Los días posteriores a la confesión pública no fueron heroicos ni cinematográficos. Fueron grises, administrativos, llenos de correos legales, llamadas tensas y silencios incómodos en ascensores de vidrio.
Laura descubrió que decir la verdad no traía alivio inmediato, sino una nueva forma de cansancio, más profundo, porque ya no podía esconderse detrás de ninguna excusa elegante.
En las reuniones, algunos ejecutivos evitaban mirarla a los ojos. Otros la observaban con una curiosidad fría, como si midieran cuánto tiempo tardaría en derrumbarse.
Patricia renunció una semana después. No por desacuerdo moral, sino por miedo. Laura no la culpó. Entendió que no todos estaban preparados para caminar sin máscaras.
Carlos, en cambio, permanecía firme, aunque incómodo. No estaba acostumbrado a oficinas con ventanales ni a decisiones que afectaban miles de vidas indirectamente.
—No tienes que quedarte —le dijo Laura una noche—. Esto no era parte de tu sacrificio.
Carlos negó con la cabeza. Había pasado demasiado tiempo escondiendo la verdad como para huir ahora que por fin respiraba sin miedo.
Diego mejoraba lentamente. No de forma milagrosa, sino con avances pequeños, medibles, humanos. Cada mejora era celebrada en silencio, sin discursos grandilocuentes.
Laura comenzó a visitar el hospital sin avisar, sin fotógrafos. Sentarse junto a la cama de Diego se volvió el único momento del día donde su mente dejaba de calcular escenarios.
Una tarde, Diego le preguntó algo simple, con la brutal honestidad de los niños:
—¿Por qué todos me miran raro cuando dices mi apellido?
Laura sintió un nudo en el pecho. No había respuesta correcta, solo una honesta.
—Porque el mundo aún no sabe cómo reaccionar cuando alguien decide decir la verdad tarde —respondió—. Pero eso no te hace menos real.
Diego asintió, como si entendiera más de lo que parecía. Luego volvió a dibujar, concentrado, ajeno a guerras corporativas y reputaciones heridas.
En el consejo, la presión aumentaba. Algunos accionistas exigían que Laura se apartara “temporalmente” para proteger la estabilidad financiera del grupo.
Temporal era una palabra amable para algo definitivo.
Laura pidió veinticuatro horas antes de responder. Esa noche volvió al barrio San Miguel, caminó sin rumbo, observando luces encendidas tras cortinas gastadas.
Pensó en Daniel. En cómo había aceptado desaparecer para no dañar la imagen familiar. En cómo ella había aceptado ese silencio sin cuestionarlo.
