“La decisión que podía destruir su imperio… o salvar una vida”-NANA

Laura no durmió aquella noche. Permaneció sentada frente a la ventana del penthouse, mirando un mar oscuro que ya no le devolvía sensación de control ni promesas de éxito.

El informe médico de Diego estaba sobre la mesa, doblado varias veces, como si al hacerlo más pequeño pudiera reducir el peso de lo que significaba para su vida.

La enfermedad avanzaba despacio, dijeron los médicos, pero requería un tratamiento costoso, prolongado y visible. No había forma de ocultarlo demasiado tiempo sin levantar preguntas incómodas.

Preguntas que inevitablemente llevarían al apellido Mendoza, a Daniel, y a la mentira cuidadosamente construida durante quince años para proteger una reputación empresarial intachable.

Laura había crecido creyendo que el silencio era una herramienta legítima. Callar no era mentir; era administrar la información con inteligencia, le había enseñado su padre.

Pero aquella madrugada entendió algo distinto: el silencio también podía ser una forma de abandono, especialmente cuando protegía estructuras y no personas de carne y hueso.

Carlos esperaba noticias en una habitación del hospital. No preguntaba demasiado. Había pasado años sobreviviendo sin garantías; la incertidumbre era un idioma que hablaba con fluidez.

Diego dormía conectado a monitores que pitaban con una regularidad cruel, recordándole a Laura que el tiempo no negociaba, ni siquiera con fortunas multimillonarias.

Al amanecer, Patricia llamó. Los medios habían detectado movimientos financieros inusuales desde las empresas de Laura hacia una fundación recién creada. Querían una declaración oficial.

Laura colgó sin responder. Caminó por el hospital, observando a otras familias en silencio, personas que no sabían quién era ella y tampoco les importaba.

Por primera vez en años, no era la mujer más poderosa del lugar. Era solo una adulta asustada, con dinero pero sin certezas morales claras.