Sofía arqueó una ceja, un gesto que había copiado inconscientemente de él.
—¿Ah, sí?
—Sí. Estaba contratando a mi sucesora. —Javier sonrió ante la sorpresa de ella—. No ahora, por supuesto. Tienes mucho que aprender, una carrera que terminar y un mundo que ver. Pero tienes el instinto, tienes el corazón y, lo más importante, tienes la verdad en la sangre. Eso no se enseña en ninguna universidad.
Sofía sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no era de miedo, sino de emoción pura. Miró a su madre riendo a lo lejos, luego a la inmensa ciudad que se extendía a sus pies, llena de luces y posibilidades.
—No le defraudaré, señor Monteiro.
—Llámame Javier —dijo él, chocando suavemente su copa contra el vaso de ella—. Creo que ya nos hemos ganado ese derecho.
—Javier —probó ella. Sonaba extraño, pero correcto.
El sol terminó de ponerse, y las luces de la ciudad brillaron con más fuerza, millones de estrellas artificiales que parecían aplaudir el final de una pesadilla y el comienzo de una leyenda. Sofía tomó un respiro profundo del aire fresco de la noche. Ya no era la camarera que temía ser destruida por los poderosos. Ahora era una de ellos, pero una diferente. Una que recordaba lo que era servir, y que usaría ese poder para proteger, no para destruir.
Javier miró su reloj.
—Vamos, Elena está amenazando con contar historias vergonzosas de tu infancia si no vamos a comer sus empanadas.
Sofía rio, un sonido libre y feliz.
—Vamos. Pero le advierto, no crea ni la mitad de lo que dice.
Juntos, el magnate y su protegida se alejaron de la barandilla y volvieron al calor de la fiesta, dejando atrás la oscuridad de la noche para entrar en la luz.
