“HAY UNA DROGA EN TU BEBIDA”, SUSURRÓ LA CAMARERA… Y EL MULTIMILLONARIO EXPUSO A SU PROMETIDA

—Mi padre está en un viaje de negocios.

—Tu padre está en el módulo de aislamiento de la penitenciaria de Tremembé —corrigió Javier, deslizando una foto sobre la mesa. En ella, Camargo aparecía fichado, sosteniendo su número de recluso—. Y ha cantado, Beatriz. Lo ha contado todo. Incluso cómo tú lavabas el dinero de sus honorarios a través de tu bufete.

El color desapareció del rostro de la joven abogada.

—Eso es mentira —susurró.

—Tenemos el disco duro —intervino Sofía. Fue la primera vez que habló. Su voz era tranquila, pero cargada de autoridad—. Tenemos las grabaciones de Liana ordenando la dosis exacta del sedante. Tenemos los correos con el consorcio Andrada. Y tenemos las transferencias a tu cuenta, Beatriz.

Liana miró a Sofía con odio puro, pero por primera vez, hubo un destello de miedo real en sus ojos.
—¡Cállate, estúpida sirvienta!

Javier sacó un pequeño dispositivo de audio y presionó el botón de reproducción.

La voz de Liana llenó la sala, clara y cristalina:
*”…asegúrate de que quede babeando, Heitor. No quiero que pueda firmar ni su propio nombre. Una vez que tenga el poder notarial, venderemos la división de logística a Andrada y desguazaremos el resto. Javier será un vegetal rico, y yo seré la viuda alegre…”*

El silencio que siguió a la grabación fue ensordecedor.

Beatriz se puso de pie de golpe, recogiendo su maletín con manos temblorosas.
—Yo… yo no sabía nada de esto. Renuncio a la defensa.

—¡No puedes dejarme! —gritó Liana, agarrando el brazo de Beatriz—. ¡Te pago una fortuna!

—¡No voy a hundirme contigo! —chilló Beatriz, soltándose y corriendo hacia la puerta. Al pasar junto a Javier, él ni siquiera la miró. Sabía que la policía la esperaba en el pasillo.

Liana se quedó sola. Miró a Javier, buscando algún rastro del hombre que la había amado, alguna debilidad que pudiera explotar.

—Javier… —empezó, suavizando la voz, intentando invocar lágrimas—. Me obligaron. Ellos me…

—No —cortó Javier. Se levantó y se abrochó el botón del saco—. No te humilles más, Liana. No queda nada. Ni amor, ni odio. Solo justicia.

Se dirigió a la puerta, pero se detuvo y miró a Sofía.
—¿Nos vamos?

Sofía miró a Liana una última vez. La mujer que parecía una diosa inalcanzable en aquel restaurante de Mendoza ahora era solo una criminal acorralada, sola y vacía.

—Adiós, Liana —dijo Sofía.

Salieron al pasillo, dejando atrás los gritos de Liana, que exigía ver al gerente, al presidente, a alguien que la escuchara, mientras los guardias entraban para llevarla de vuelta a su celda.

***

**Seis meses después.**

La terraza del ático de la Torre Monteiro ofrecía una vista de 360 grados de São Paulo al atardecer. El cielo ardía en tonos violeta y naranja, reflejándose en los miles de rascacielos.

Había una pequeña celebración en curso. No era una gala opulenta, sino una reunión íntima. El equipo de confianza de Javier, algunos socios clave y, en el centro de todo, Sofía y su madre, Elena.

Elena, que ahora vivía en un apartamento seguro y cómodo en el mismo edificio, conversaba animadamente con Bruno, quien había desarrollado una debilidad por las empanadas argentinas que la mujer preparaba.

Sofía se apoyó en la barandilla de cristal, sosteniendo una copa de agua con gas. Llevaba un traje sastre elegante, el cabello cortado en un estilo moderno. Acababa de aprobar sus primeros exámenes parciales con honores y Javier le había asignado su primer proyecto real: la supervisión de la fundación benéfica del Grupo, asegurándose de que las becas llegaran a personas que realmente, como ella, necesitaban una oportunidad.

Javier se acercó y se paró a su lado. Se le veía más joven, más relajado. La sombra de la traición se había disipado, reemplazada por una energía renovada.

—¿Nostalgia? —preguntó él, mirando el horizonte.

—Gratitud —respondió ella, sonriendo—. Estaba pensando en esa noche en Mendoza. En cómo un susurro cambió todo.

Javier asintió, tomando un sorbo de su champán. Esta vez, la botella había sido abierta por él mismo.

—A veces pienso qué hubiera pasado si hubieras tenido miedo —dijo él—. Si hubieras decidido que no era tu problema.

—Hubiera sido más fácil —admitió Sofía—. Pero no hubiera podido dormir. Mi madre siempre me enseñó que la integridad es lo único que nadie te puede quitar, a menos que tú la entregues.

Javier se giró hacia ella, apoyando el codo en la barandilla.
—El consorcio Andrada está siendo investigado por la comisión de valores. Liana ha sido sentenciada a veinte años sin posibilidad de libertad condicional temprana. Camargo está cooperando para reducir su condena, pero no volverá a ejercer la medicina jamás. El imperio está seguro.

—Y usted está a salvo —añadió Sofía.

—Nosotros estamos a salvo —corrigió Javier—. Sabes, Sofía, cuando te contraté, pensé que estaba salvando a una chica en apuros. Me equivoqué.