—Entrada trasera despejada. Sistema de alarma neutralizado —dijo la voz de Bruno por el auricular.
—Procedan con cautela. Quiero a Camargo vivo —ordenó Javier—. Tiene que cantar.
En las pantallas, Sofía vio cómo el equipo avanzaba por los pasillos inmaculados de la clínica. Estaba vacío, silencioso. Demasiado silencioso.
—Señor, el despacho principal tiene luz —informó Bruno.
El equipo irrumpió en la habitación. Sofía contuvo el aliento.
La silla giratoria del escritorio estaba de espaldas a la puerta.
—Dr. Camargo —dijo Bruno, apuntando con su arma—. Gírese despacio.
La silla giró lentamente.
Pero no era el Dr. Camargo quien estaba sentado allí.
Era una mujer. Joven, hermosa, con el cabello rubio recogido en un moño perfecto. Sostenía una copa de vino tinto y sonreía con una frialdad que heló la sangre de Sofía a través de la pantalla.
—Buenas noches, caballeros —dijo la mujer con un acento portugués arrastrado—. El doctor no está disponible. Pero me temo que Javier ha llegado tarde a la fiesta.
Javier maldijo en voz baja dentro de la camioneta.
—Es Beatriz. La hija de Camargo. Abogada penalista.
—Javier —dijo Beatriz, mirando directamente a la cámara del pecho de Bruno, como si supiera que él estaba mirando—, sé que estás escuchando. Mi padre ya no está en Brasil. Y respecto a tu pequeña camarera… dile que el juego acaba de empezar. Liana puede haber sido descuidada, pero nosotros no lo somos.
—Arrestadla —ordenó Javier por el micrófono—. Retenedla por obstrucción y amenazas.
—No tienen orden judicial —dijo Beatriz con calma, tomando un sorbo de vino—. Y si me tocan, demandaré al Grupo Monteiro hasta quedarme con la última piedra de esa torre.
Javier golpeó el panel de control de la camioneta con el puño. Habían caído en una trampa. No una física, sino legal. Camargo los había atraído allí para mostrarles que tenían recursos, que no eran simples delincuentes, sino enemigos al mismo nivel.
—Retirada —dijo Javier, con la voz cargada de frustración—. Salgan de ahí. Ahora.
Mientras el equipo de seguridad retrocedía, Sofía sintió que el miedo se transformaba en algo más duro, más frío. Miró a Javier, que se frotaba las sienes, visiblemente preocupado por primera vez desde que lo conocía.
—Se han burlado de nosotros —susurró él.
Sofía miró la imagen congelada de Beatriz en el monitor, esa sonrisa arrogante que le recordaba tanto a la de Liana antes de ser desenmascarada.
—No, señor —dijo Sofía. Su voz sonó extraña en sus propios oídos, desprovista de la timidez de la chica de pueblo. Sonaba como alguien que empieza a entender las reglas de la guerra—. No se han burlado. Se han confiado.
Javier la miró, sorprendido por el cambio de tono.
—¿Qué quieres decir?
—Ella miró a la cámara. Sabía que veníamos. Sabía que estábamos mirando. Lo prepararon todo como un escenario.
—Exacto, una trampa.
—Sí, pero en su arrogancia, cometió un error —dijo Sofía, señalando un detalle en la pantalla, en el escritorio junto a Beatriz—. Mire ahí. El teléfono fijo de la clínica. La luz de la línea 2 está parpadeando en rojo.
Javier entrecerró los ojos.
—¿Y?
—Significa que hay una llamada en espera o que alguien estaba en la otra línea y la puso en espera cuando entraron ustedes. Si ella sabía que veníamos, ¿por qué estaría hablando por teléfono en la línea fija de la oficina, que es rastreable?
Los ojos de Javier se iluminaron, comprendiendo a dónde quería llegar.
—Porque no era ella quien hablaba.
—Era él —concluyó Sofía—. Su padre. Estaba allí, o estaba al teléfono dándole instrucciones hasta el último segundo. Si la línea está en espera, la llamada no se ha cortado.
Javier agarró el radio de nuevo, gritando:
—¡Bruno! ¡No salgan todavía! ¡El teléfono del escritorio! ¡Verifica la última llamada o si la línea sigue abierta!
Hubo un momento de estática tensa. Luego, la voz de Bruno:
—La línea está abierta, señor. Hay alguien respirando al otro lado.
—Rastrea esa llamada. Ahora mismo —ordenó Javier, mirando a Sofía con una mezcla de asombro y respeto—. Tienes razón. La arrogancia los ciega.
En la pantalla, vieron cómo Bruno conectaba un dispositivo al teléfono. Segundos después, las coordenadas aparecieron en el sistema de la camioneta.
No estaba en un aeropuerto. No estaba fuera del país.
El Dr. Camargo estaba en un puerto privado en Santos, a cuarenta minutos de allí. Preparándose para salir en barco.
Javier se volvió hacia el conductor.
—A Santos. Y que el helicóptero nos encuentre en el camino.
Luego se volvió hacia Sofía. En la oscuridad de la camioneta, sus ojos brillaban con la adrenalina de la caza.
—Bien hecho, Sofía. Muy bien hecho.
Sofía se recostó en el asiento, sintiendo cómo el motor rugía bajo ellos. La chica que servía mesas en Mendoza se estaba desvaneciendo. En su lugar, nacía alguien capaz de mirar al abismo y no parpadear.
—Vamos a atraparlo —dijo ella.
Y mientras la ciudad de São Paulo pasaba como un rayo a través de las ventanas blindadas, Sofía supo que ya no había vuelta atrás. La guerra por la verdad había comenzado, y ella estaba en primera línea.
El helicóptero descendió sobre el puerto de Santos como un ave de presa negra, sus luces de búsqueda barriendo los muelles empapados por la lluvia. Desde el aire, el laberinto de contenedores y grúas parecía una ciudad fantasma de acero oxidado.
—Ahí —señaló Javier, su voz apenas audible sobre el estruendo de los rotores a través de los auriculares.
En el muelle privado número 4, un yate de lujo de líneas agresivas, bautizado irónicamente como *La Panacea*, estaba soltando amarras. Los motores rugían, agitando el agua oscura en una espuma blanca. El Dr. Camargo intentaba huir hacia aguas internacionales.
—No llegará a tiempo —dijo Bruno, verificando su arma mientras el helicóptero tocaba tierra a unos cien metros del barco—. El equipo de tierra ha bloqueado la salida de la bahía.
En cuanto los patines del helicóptero besaron el asfalto, la puerta se abrió. El viento y la lluvia golpearon a Sofía en la cara, pero ella no se encogió. Siguió a Javier y a Bruno, corriendo bajo las aspas giratorias hacia los coches que los esperaban.
La operación fue quirúrgica. El equipo de seguridad de Monteiro, coordinado con la Policía Federal brasileña que Javier había movilizado gracias a sus conexiones de alto nivel, rodeó el muelle. Las luces de los coches patrulla iluminaron la cubierta del yate, cegando a la tripulación.
—¡Policía Federal! ¡Apaguen los motores! —bramó un altavoz.
Sofía observó desde la seguridad de un vehículo blindado cómo la resistencia se desmoronaba. Un par de guardaespaldas intentaron levantar sus armas, pero al verse superados diez a uno por agentes tácticos, se rindieron. Y entonces, apareció él.
El Dr. Heitor Camargo fue arrastrado por la pasarela del yate, esposado y empapado, con su costoso traje italiano arruinado. Ya no parecía el cerebro criminal que había enviado amenazas encriptadas; parecía una rata ahogada.
Javier salió del coche, abriendo un paraguas negro con calma exasperante. Hizo una seña a Sofía para que lo acompañara. Ella dudó un segundo, pero la imagen de su madre en aquel porche le dio fuerzas. Bajó del vehículo y caminó junto al hombre que había cambiado su destino.
Al ver a Javier, Camargo se detuvo, forcejeando débilmente contra los agentes.
—¡Javier! ¡Javier, es un malentendido! —gritó el médico, con la voz quebrada por el pánico—. ¡Me obligaron! ¡Liana está loca, me amenazó!
Javier se detuvo frente a él, mirándolo con la indiferencia con la que uno mira un insecto antes de aplastarlo.
—Ahórrate el discurso, Heitor. Sabemos lo de la clínica. Sabemos lo de las cuentas offshore. Y sabemos que intentaste intimidar a la madre de mi asociada.
Camargo palideció aún más al ver a Sofía. Sus ojos se movieron de ella a Javier.
—¿Asociada? ¿La camarera? Javier, por favor, tengo información. Tengo… tengo grabaciones. Liana no solo quería tu dinero. Ella trabaja para el consorcio Andrada. Quieren desmantelar Industrias Monteiro desde dentro.
El silencio que siguió fue sepulcral. Javier no mostró sorpresa, pero Sofía vio cómo se tensaban los músculos de su mandíbula. El consorcio Andrada era el mayor rival de Javier en el sector energético. Esto no era solo un crimen pasional o avaricia conyugal; era espionaje industrial al más alto nivel.
—¿Pruebas? —exigió Javier, seco.
—En la caja fuerte de mi camarote —balbuceó Camargo—. Un disco duro. Tengo audios, correos, transferencias… Lo guardé como seguro de vida. Si me ayudas con el fiscal, si consigues que me den arresto domiciliario… te lo daré todo.
Javier se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal del médico.
—No estás en posición de negociar, Heitor. Vas a ir a una prisión federal. Pero si colaboras y entregas esa información ahora mismo, tal vez me asegure de que no te pongan en la misma celda que los hombres que perdieron sus trabajos cuando el consorcio Andrada cerró sus fábricas en el norte.
Camargo tragó saliva y asintió frenéticamente.
—Está en el camarote. Detrás del cuadro. La combinación es…
—Ya la encontraremos —interrumpió Javier. Luego se giró hacia Sofía—. ¿Tienes algo que decirle?
Sofía miró al hombre que había planeado destruir la mente de Javier y que había amenazado la vida de su madre. Sintió una oleada de ira, pero también de lástima. Era un hombre patético.
—Mi madre está a salvo —dijo Sofía con voz firme, resonando sobre la lluvia—. Y usted va a pasar el resto de su vida recordando que fue una “simple camarera” quien lo puso tras las rejas.
Los agentes se llevaron a Camargo. Bruno subió al yate y regresó diez minutos después con una pequeña caja metálica y un disco duro externo protegido contra el agua.
—Lo tenemos, señor —dijo Bruno—. Y confirmación de Argentina: la madre de Sofía está segura en la casa de seguridad. Mañana volará a Brasil para reunirse con usted.
Sofía soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y sintió que las piernas le fallaban. Javier la sostuvo por el codo, un gesto firme y caballeroso.
—Se acabó, Sofía. Ahora tenemos el clavo final para el ataúd de Liana.
***
Tres días después, en una sala de interrogatorios de la Policía Federal en São Paulo, el ambiente era estéril y frío. Liana estaba sentada al otro lado de la mesa de metal, impecable a pesar de llevar el uniforme gris de la prisión. Su arrogancia estaba intacta. A su lado, Beatriz, la hija de Camargo y su abogada, revisaba papeles con aire de suficiencia.
—Esto es una pérdida de tiempo —dijo Liana, mirando su manicura—. La prueba del champán es circunstancial. Cualquiera pudo poner eso ahí. Y mi prometido… bueno, mi ex, es un hombre mayor y paranoico.
La puerta se abrió. No entró el fiscal. Entró Javier, seguido por Sofía.
Liana soltó una risa burlona.
—Vaya, traes a tu mascota. ¿Qué pasa, Javier? ¿Me echas de menos?
Javier se sentó frente a ella, con una calma que resultaba aterradora. Sofía se quedó de pie, junto a la puerta, observando. Ya no se sentía intimidada por la belleza venenosa de Liana. Ahora veía las grietas en su máscara.
—Beatriz —dijo Javier, ignorando a Liana y dirigiéndose a la abogada—, ¿tu padre no te ha llamado?
Beatriz se tensó, dejando de barajar papeles.
