Sofía estaba en su escritorio, una pequeña oficina adyacente a la de Javier, revisando los correos electrónicos filtrados, cuando un mensaje llamó su atención. El asunto estaba en blanco. El remitente era una dirección encriptada.
Al abrirlo, el corazón se le detuvo.
Era una foto. Una foto de la casa de su madre en Mendoza. La imagen era reciente, tomada desde un coche aparcado al otro lado de la calle. Su madre estaba en el porche, regando las plantas, ajena a que estaba siendo vigilada.
Debajo de la foto, solo había una línea de texto: *El silencio es oro. Hablar tiene un precio.*
Sofía se levantó tan bruscamente que su silla volcó.
—¡Bruno! —gritó, olvidando el protocolo, olvidando todo menos el terror puro que le helaba la sangre.
Bruno apareció en la puerta en menos de dos segundos, con la mano cerca de la funda de su arma bajo el saco. Javier salió de su despacho un instante después, con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa? —exigió Javier, viendo la cara pálida de Sofía.
Ella señaló la pantalla del ordenador con mano temblorosa.
—Mi mamá… Saben dónde vive mi mamá.
Javier se acercó a la pantalla. Su rostro se endureció, transformándose en una máscara de furia fría que Sofía ya había visto una vez antes, frente a una copa de champán.
—Rastrea la IP —ordenó a Bruno sin apartar la vista de la imagen—. Y llama al equipo de seguridad en Argentina. Quiero a la madre de Sofía sacada de esa casa en la próxima hora. Muevanla a una casa segura. Nadie entra, nadie sale.
—Enseguida, señor —dijo Bruno, sacando su teléfono y ladrando órdenes en portugués mientras salía de la habitación.
Sofía sentía que le faltaba el aire. Las lágrimas amenazaban con salir.
—Es culpa mía. Debí saber que irían por ella. No puedo… Javier, no puedo dejar que le hagan daño por mi culpa. Tengo que retirar mi testimonio.
Javier la agarró por los hombros, obligándola a mirarlo.
—Escúchame bien, Sofía. Eso es exactamente lo que quieren. Es miedo. Es la única arma que les queda porque han perdido el control. Si retiras tu testimonio, Liana sale libre. Y si sale libre, entonces tu madre, tú y yo estaremos en peligro real para siempre.
—¡Pero es mi madre! —sollozó ella.
—Y está bajo mi protección —dijo él con una convicción inquebrantable—. Te prometo, por la memoria de mis padres, que no dejaré que le toquen un solo pelo. Camargo ha cometido un error.
—¿Un error? —preguntó ella, limpiándose las lágrimas.
—Sí. Hasta ahora, estaba escondido. Al enviar este correo, ha salido de su agujero. Ha intentado intimidarnos, pero lo que ha hecho es darnos un hilo del cual tirar.
Javier volvió a su escritorio y presionó el intercomunicador.
—Conectadme con el Jefe de Ciberseguridad. Y preparad el helicóptero. Vamos a hacer una visita.
—¿A dónde? —preguntó Sofía, recuperando un poco el aliento al ver la determinación de él.
—El correo no fue enviado desde Argentina. La encriptación es sofisticada, pero perezosa. —Javier miró los datos que empezaban a fluir en su pantalla secundaria—. Camargo cree que es intocable. Vamos a demostrarle que nadie lo es.
***
La investigación los llevó no a un callejón oscuro, sino a la alta sociedad de São Paulo. El rastro digital, aunque enmascarado, tenía huellas que el equipo de Javier logró aislar. Todo apuntaba a una clínica privada de estética en el barrio de Jardins, un lugar exclusivo donde las esposas de los millonarios iban a rejuvenecer. La clínica era propiedad, a través de varios testaferros, del Dr. Heitor Camargo.
Esa misma noche, Javier no envió a la policía. Sabía que Camargo tendría contactos, avisos, formas de escapar si veía luces azules. Javier decidió jugar con sus propias reglas.
Sofía insistió en ir. Javier se negó al principio, pero la mirada en los ojos de ella le recordó por qué la había contratado. No era solo una víctima; era una luchadora.
—Me quedaré en el coche con la seguridad —negoció ella—, pero necesito saber que está acabado. Necesito ver que mi madre está a salvo.
Llegaron a la clínica pasada la medianoche. El edificio era una mansión blanca, discreta y elegante. Bruno y un equipo de cuatro hombres de seguridad privada, todos exmilitares, se movieron por las sombras del jardín perimetral.
Desde el interior de la camioneta blindada, Sofía observaba los monitores que mostraban las cámaras corporales del equipo de seguridad. Javier estaba a su lado, coordinando la operación por radio.
