“HAY UNA DROGA EN TU BEBIDA”, SUSURRÓ LA CAMARERA… Y EL MULTIMILLONARIO EXPUSO A SU PROMETIDA

—¡No tienen derecho! —chilló Liana, retrocediendo y chocando contra el pecho de Bruno, quien no se movió ni un milímetro.

—Lo tienen —dijo Javier—. Este es un establecimiento privado y acabas de intentar atentar contra la vida de un ciudadano extranjero. Bruno, asegúrate de que cooperen con las autoridades locales. Yo tengo que hacer una llamada.

Mientras Liana forcejeaba y gritaba insultos que harían sonrojar a un marinero, siendo esposada frente a la élite de Mendoza, Javier se dio la vuelta. No quería verla más. Para él, Liana ya no existía; era un activo tóxico que había sido liquidado.

Caminó hacia la barra, donde Sofía estaba parada, pálida y con los ojos muy abiertos, abrazándose a sí misma. El gerente estaba a su lado, visiblemente nervioso por el espectáculo policial en su restaurante exclusivo.

Javier se detuvo frente a ella. El silencio en el restaurante era absoluto, salvo por los gritos de Liana que se desvanecían mientras la sacaban a la fuerza.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Javier, aunque ya lo sabía. Quería escucharlo de ella.

—Sofía, señor —respondió ella, bajando la mirada.

—Mírame, Sofía.

Ella levantó la vista. Sus ojos marrones estaban llenos de miedo, pero también de una dignidad silenciosa.

—Sabías quién era yo —dijo Javier—. Sabías quién era ella. Sabías que si te equivocabas, perdías tu trabajo y probablemente más. ¿Por qué lo hiciste?

Sofía dudó un momento, buscando las palabras.
—Porque… porque nadie merece ser engañado así, señor. No importaba quién fuera usted. Simplemente… no estaba bien.

Javier asintió lentamente. En su mundo, la lealtad se compraba, el silencio se negociaba y la moralidad era flexible. Encontrar a alguien que actuara por pura integridad, a un costo personal tan alto, era más raro que encontrar un diamante rosa.

Sacó una tarjeta de visita de su bolsillo, una negra con letras doradas en relieve, y un bolígrafo. Escribió un número personal en el reverso.

—Sofía, acabas de hacerme el regalo más valioso que he recibido en años: la verdad. —Le extendió la tarjeta—. Mañana por la mañana, mi secretaria se pondrá en contacto contigo. Ya no trabajas aquí.

Sofía sintió un nudo en la garganta.
—¿Me… me está despidiendo usted? Pero yo no trabajo para usted…

El gerente intervino, nervioso:
—Señor Monteiro, Sofía es una de nuestras mejores…

Javier levantó una mano para silenciarlo.
—No la estoy despidiendo. La estoy contratando. —Volvió a mirar a la chica—. Necesito personas que vean lo que otros no ven y que tengan el valor de decirme la verdad, incluso cuando no quiero escucharla. Brasil es un lugar grande, Sofía. Y la universidad que elijas correrá por mi cuenta, además de un puesto en mi equipo de confianza.

Sofía tomó la tarjeta con manos temblorosas. No podía creer lo que estaba pasando.

—Pero primero —añadió Javier, y por primera vez en toda la noche, su sonrisa fue genuina, cálida y humana—, creo que me debes una copa de champán. De una botella nueva, por favor. Y esta vez, te sentarás a beberla conmigo. No me gusta celebrar solo mi nuevo comienzo.

Mientras el caos se disipaba y el restaurante intentaba recuperar su ritmo, Javier Monteiro se sentó en una mesa apartada. Sofía, aún con su uniforme de camarera pero con un destino completamente nuevo desplegándose ante ella, se sentó frente a él.

Javier miró la copa limpia y burbujeante. Había estado a punto de perderlo todo: su mente, su fortuna, su libertad. Pero en lugar de eso, había ganado algo que el dinero no podía comprar: una segunda oportunidad y la certeza de que, incluso en un nido de víboras, a veces, solo a veces, se puede encontrar un ángel guardián.

Levantó su copa.
—Por la verdad —dijo Javier.

Sofía sonrió tímidamente y chocó su copa con la de él.
—Por la verdad, señor.

Y mientras bebían, Javier sabía que Liana había tenido razón en una cosa: esa noche marcaba el comienzo de un nuevo capítulo. Solo que el protagonista y la trama eran muy diferentes a los que ella había escrito.

Los días siguientes pasaron como un borrón de vértigo para Sofía. De servir mesas en Mendoza, pasó a estar sentada en un asiento de cuero color crema dentro de un jet privado Gulfstream G650, ascendiendo a cuarenta mil pies de altura sobre la cordillera de los Andes.

Javier Monteiro no perdió el tiempo. Tras la detención de Liana y las declaraciones policiales pertinentes, la maquinaria legal del Grupo Monteiro se puso en marcha con una eficiencia aterradora. Para Sofía, sin embargo, la realidad era una mezcla de gratitud y un pánico sordo que se alojaba en la boca del estómago.

—No has tocado tu desayuno —observó Javier desde el asiento de enfrente. Estaba revisando documentos en una tableta, con gafas de lectura que le daban un aire intelectual muy distinto al del magnate depredador que había destrozado a Liana en el restaurante.

Sofía miró el plato de frutas exóticas y pastelería francesa.
—Lo siento, señor. Todavía… todavía me cuesta creer que esto esté pasando. Hace 48 horas estaba preocupada por pagar el alquiler de mi habitación, y ahora…

—Ahora vas rumbo a São Paulo para comenzar una nueva vida —completó él, dejando la tableta sobre la mesa de caoba—. Sofía, quiero ser claro contigo. No te llevo a Brasil solo por caridad. Mi fundación da becas a cientos de estudiantes cada año. Contigo es diferente.

Sofía se enderezó, sintiendo la intensidad de esa mirada oscura.
—¿Diferente cómo?

—Tienes instinto. Viste lo que nadie más vio, porque observas a las personas, no a sus estatus. En mi mundo, estoy rodeado de gente que me dice lo que quiero oír. Necesito a alguien que escuche lo que se dice en los silencios. —Javier se inclinó hacia adelante—. Pero hay otra razón. Una razón de seguridad.

El aire en la cabina pareció enfriarse.
—¿Seguridad? —repitió ella.

—Liana está en prisión preventiva, sí. Sus abogados están intentando conseguir la fianza, pero con la prueba toxicológica del champán, lo tienen difícil. Sin embargo, ella no actuó sola.

Javier deslizó una fotografía sobre la mesa. Mostraba a un hombre de unos cincuenta años, calvo, con gafas de montura fina y una sonrisa que no inspiraba confianza.

—Este es el Dr. Heitor Camargo. Un neurólogo de renombre en Río de Janeiro, y el “primo lejano” que Liana me presentó hace unos meses. Nuestra investigación interna ha revelado transferencias bancarias de cuentas offshore de Liana hacia una empresa fantasma vinculada a Camargo.

Sofía miró la foto, sintiendo un escalofrío.
—Él era quien iba a declararlo incompetente.

—Exacto. El plan era inducirme un estado catatónico temporal con la droga, y Camargo certificaría que el daño era irreversible. —Javier apretó la mandíbula—. El problema, Sofía, es que Camargo ha desaparecido. En cuanto arrestaron a Liana, él se esfumó. Y tú eres la única testigo ocular que vio a Liana poner el polvo en la copa. Eres la pieza clave para asegurar que ella se pudra en la cárcel y para conectar los puntos con Camargo.

Sofía comprendió de golpe la gravedad de su situación. No era solo una empleada afortunada; era un blanco.
—¿Estoy en peligro?

—Bajo mi protección, no —aseguró Javier con ferocidad—. Bruno no se apartará de tu lado. Vivirás en el complejo residencial de la Torre Monteiro. Es una fortaleza. Pero necesito que estés alerta. Tu vida anterior ha terminado, Sofía. No solo por la oportunidad laboral, sino porque el anonimato ya no es una opción para ti.

Sofía miró por la ventanilla, viendo las nubes bajo ellos como un océano de algodón. El miedo estaba ahí, sí, pero también una extraña determinación que no sabía que poseía hasta esa noche en el restaurante. Había salvado una vida. Podía afrontar esto.

—Haré lo que sea necesario, señor —dijo ella, y esta vez, su voz no tembló.

***

La llegada a São Paulo fue un asalto a los sentidos. La ciudad era un monstruo de hormigón y cristal que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, vibrante, caótica y poderosa. La limusina blindada los llevó desde el aeropuerto privado hasta el corazón financiero de la ciudad, deteniéndose frente a la Torre Monteiro, un rascacielos de setenta pisos que desafiaba la gravedad con su arquitectura futurista.

Sofía se sentía pequeña mientras caminaba por el vestíbulo de mármol negro, flanqueada por Javier y Bruno. Los empleados se detenían a su paso, murmurando “Bom dia, Senhor Monteiro”, mientras lanzaban miradas curiosas y evaluadoras hacia la joven de ropa sencilla que caminaba junto al jefe.

—Bienvenida a la guarida —murmuró Javier mientras entraban en el ascensor privado que los llevaría al ático.

Las semanas siguientes fueron un curso intensivo de supervivencia. Javier cumplió su palabra: Sofía fue inscrita en la mejor universidad para estudiar Administración de Empresas y Psicología, pero su verdadera educación ocurría dentro de las oficinas del Grupo Monteiro. Javier la nombró su “Asistente de Enlace”, un título ambiguo que le permitía estar presente en reuniones de alto nivel, observando, aprendiendo y, posteriormente, dando sus impresiones a Javier.

Al principio, los ejecutivos la miraban con desdén. La llamaban “la camarera” a sus espaldas. Pero Sofía tenía un don. Notaba cuando el director financiero sudaba más de la cuenta al explicar un balance; percibía la tensión romántica oculta entre dos jefes de departamento que afectaba sus decisiones; captaba las mentiras piadosas de los proveedores.

Y cada noche, Javier le preguntaba: “¿Qué viste hoy?”

Pero la sombra de Liana y el Dr. Camargo seguía presente.

Un martes lluvioso, tres semanas después de su llegada, el primer golpe cayó.