“HAY UNA DROGA EN TU BEBIDA”, SUSURRÓ LA CAMARERA… Y EL MULTIMILLONARIO EXPUSO A SU PROMETIDA

Levantó la mano y chasqueó los dedos. No llamó al maitre, ni al sommelier. Buscó con la mirada a la única persona en la sala en la que confiaba en ese momento. Sus ojos oscuros se encontraron con los de Sofía. Con un gesto imperceptible de la cabeza, la llamó.

Sofía sintió que el estómago se le caía a los pies, pero avanzó. Cada paso hacia la mesa era una lucha contra el instinto de huir. Al llegar, intentó mantener la compostura, aunque sentía la mirada asesina de Liana clavada en ella.

—¿Sí, señor Monteiro? —su voz salió apenas como un hilo.

Javier la miró fijamente. En esa mirada no había reproche, sino una intensa evaluación. Él estaba confirmando lo que ella había arriesgado.
—Señorita… —leyó la placa en su uniforme— Sofía. Llévese esta copa. Y tráigame la botella, quiero ver la etiqueta de nuevo. Creo que hay un error con la cosecha.

Sofía extendió la mano hacia la copa envenenada.

—¡No! —intervino Liana, demasiado rápido, demasiado fuerte. Su mano se disparó para interceptar el brazo de la camarera—. No es necesario hacer un escándalo, Javier. Si no quieres esa copa, pide otra, pero deja que la chica se retire. Podemos pedir otra botella.

La desesperación de Liana era ahora palpable. Si la copa se retiraba, la evidencia desaparecía o, peor aún, quedaba fuera de su control. Necesitaba que él bebiera *esa* copa específica, donde el polvo ya se había disuelto completamente.

Javier sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Era la sonrisa que usaba antes de desmantelar a una empresa rival.
—Liana, querida, estás muy tensa. Deja que Sofía haga su trabajo.

Con un movimiento rápido, Javier cubrió la mano de Liana que sujetaba el brazo de la camarera, apretando con la fuerza justa para causar dolor sin dejar marca. Liana jadeó y soltó a Sofía.
—Llévatela, Sofía. Pero no la tires. Déjala en la barra. Quiero que el gerente la inspeccione personalmente. Tengo la sospecha de que el corcho estaba dañado y ha alterado el… contenido químico del vino.

Sofía entendió. Con manos ahora firmes por la adrenalina de la complicidad, tomó la copa con cuidado extremo, asegurándose de no derramar ni una gota, y asintió.
—Enseguida, señor.

Mientras Sofía se alejaba con la prueba del crimen, Javier volvió su atención a su prometida. Liana estaba pálida. Su plan maestro, diseñado durante meses, se estaba desmoronando por culpa de un capricho de millonario sobre la temperatura del champán, o al menos eso creía ella. No sabía que estaba descubierta. Aún no.

—¿Te sientes bien? —preguntó Javier, sacando su teléfono móvil del bolsillo interior de su saco—. Te ves un poco pálida. Tal vez el aire de Mendoza no te sienta bien.

Liana forzó una sonrisa, tomando un trago largo de su propia copa para calmar los nervios.
—Estoy bien, solo… solo quería que esta noche fuera perfecta.

—Lo será —dijo Javier mientras desbloqueaba la pantalla—. Créeme, será una noche inolvidable.

Debajo de la mesa, Javier no estaba revisando correos. Estaba enviando un mensaje de texto a Bruno, su jefe de seguridad, quien esperaba en la limusina afuera del restaurante: *Código Rojo. Amenaza interna. Bloquea las salidas discretamente. Trae a la policía local. Tengo evidencia física de intento de envenenamiento. Entra en 5 minutos.*

Javier guardó el teléfono y entrelazó los dedos, apoyando la barbilla sobre ellos. Decidió jugar. Quería ver hasta dónde llegaba la podredumbre.

—Sabes, Liana, estaba pensando en el acuerdo prenupcial que firmaremos mañana.

Liana se animó visiblemente. Ese era su terreno.
—¿Sí, mi amor? Ya todo está redactado como querías.

—Estaba pensando en la cláusula de incapacidad —continuó Javier, observando cada microexpresión en el rostro de ella—. Esa que dice que, en caso de que yo sufra un accidente médico repentino, tú obtienes el poder notarial completo sobre el Grupo Monteiro.

Liana tragó saliva.
—Es… es una medida estándar, Javier. Para protegerte. Tú sabes que yo nunca querría tener que usarla. Solo quiero cuidarte.

—Lo sé —dijo él suavemente, inclinándose más cerca—. Es curioso, ¿verdad? Cómo la gente que más dice querernos es a veces la que más daño nos puede hacer. Mi padre solía decir que la traición nunca viene de los enemigos, sino de aquellos a quienes invitamos a nuestra mesa.

El aire en la mesa se volvió denso, sofocante. Liana empezó a sentir que algo andaba terriblemente mal. La actitud de Javier había cambiado demasiado rápido. Miró hacia la barra. La camarera, Sofía, no estaba tirando el champán. Estaba hablando con un hombre de traje oscuro junto a la entrada de la cocina: el gerente. Y Sofía señalaba hacia su mesa.

—Javier —dijo Liana, poniéndose de pie con brusquedad—, necesito ir al tocador un momento.

—Siéntate —ordenó Javier. No gritó, pero la autoridad en su voz fue tal que Liana se quedó congelada a medio camino.

—¿Qué?

—He dicho que te sientes. No vas a ir a ninguna parte.

—Me estás asustando, Javier. ¿Qué te pasa?

En ese momento, las puertas principales del restaurante se abrieron. Bruno, un gigante de dos metros con experiencia en fuerzas especiales, entró acompañado por dos oficiales de la policía argentina. No venían buscando mesa.

Javier se recostó, cruzando las piernas.
—Lo que me pasa, Liana, es que soy alérgico.

—¿Alérgico? —balbuceó ella, mirando con terror a los hombres que se acercaban—. ¿A qué?

—A la traición —respondió Javier—. Y a los sedantes en mi champán.

El color drenó completamente del rostro de Liana. Miró la copa vacía en la mesa, luego a Javier, y finalmente comprendió.
—Esa maldita camarera… —siseó, olvidando su papel de novia enamorada. Su rostro se contorsionó en una máscara de odio puro—. Debí suponer que una muerta de hambre se metería en medio.

—Esa “muerta de hambre” acaba de salvarte de convertirte en una asesina —dijo Javier con frialdad—. Aunque no te salvará de la cárcel por intento de homicidio.

Bruno llegó a la mesa en ese instante, colocándose estratégicamente detrás de la silla de Liana.
—Señor Monteiro —dijo con voz grave—, el perímetro está asegurado. La policía ha sido informada de la situación y la evidencia ha sido preservada por el personal del restaurante bajo mi instrucción.

Liana intentó jugar su última carta. Comenzó a llorar, lágrimas grandes y dramáticas. Se volvió hacia los policías que se acercaban.
—¡Es un error! ¡Él está paranoico! ¡Es un hombre mayor y está confundido, por favor, ayúdenme!

Javier ni siquiera se inmutó. Se levantó con elegancia, alisándose el traje.
—Oficiales, en la barra encontrarán una copa de champán que contiene, estoy seguro, una dosis letal o incapacitante de algún narcótico. Les sugiero que la analicen. Y también sugiero que revisen el bolso de mi ex prometida. Dudo que haya tenido tiempo de deshacerse del envoltorio.

La mención del bolso hizo que Liana aferrara su clutch de diseñador contra su pecho instintivamente. Ese gesto fue su confesión. Uno de los oficiales, una mujer de mirada severa, extendió la mano.
—Señora, entrégueme el bolso, por favor.