Las gemelas estaban arrinconadas contra el sofá de terciopelo, temblando, con lágrimas corriendo por sus mejillas pálidas. Verónica estaba de pie frente a ellas, con el rostro desfigurado por la ira, señalándolas con un dedo acusador.
—Lo sentimos… —gimió Isabela, con la voz apenas audible. —¿Lo sienten? —se burló Verónica con crueldad—. ¡Su madre debería sentirlo! Debería sentir haberlas traído al mundo. Son una plaga. Una carga. Deberían haberlas mandado a un internado el día que ella se murió. Me tienen harta.
Ricardo sintió que el aire le faltaba. Cada palabra era un golpe físico. “Plaga”. “Carga”. Hablaba de sus hijas. De la memoria de su esposa.
Entonces, vio cómo Verónica levantaba la mano. Iba a golpearlas. El instinto de Ricardo fue gritar, correr, pero alguien se le adelantó.
Una figura salió de las sombras con la rapidez de una leona defendiendo a sus crías. Elena.
Elena se interpuso entre la mano de Verónica y las niñas. El sonido de la bofetada resonó seco y brutal en el salón, pero no golpeó a ninguna niña. Golpeó la cara de Elena.
La empleada no retrocedió ni un milímetro. A pesar de la marca roja que comenzaba a florecer en su mejilla, su postura era de acero. Levantó la vista y miró a Verónica a los ojos con una autoridad que Ricardo nunca había visto.
—Mientras yo respire —dijo Elena, con una voz baja pero cargada de una potencia volcánica—, usted no las toca.
Verónica, sorprendida por la osadía, soltó una risa nerviosa y cruel. —¿Y quién eres tú para impedírmelo? Eres una simple sirvienta. Te voy a despedir ahora mismo. ¡Fuera de mi vista! —No me voy a mover —respondió Elena, abriendo los brazos para cubrir completamente a las gemelas detrás de ella.
—¡Te voy a destruir! —chilló Verónica—. Soy abogada, te voy a… —¡Basta!
La voz de Ricardo fue un trueno que sacudió los cimientos de la casa.
Verónica dio un salto y se giró, pálida como un papel. Ricardo salió de la penumbra, con los ojos inyectados en una mezcla de dolor y furia que jamás había experimentado. Caminó hacia ellas. Las gemelas, al verlo, rompieron en un llanto sonoro y corrieron, no hacia él, sino a aferrarse a las piernas de Elena.
Ese detalle terminó de romper el corazón de Ricardo. Sus hijas buscaban refugio en quien realmente las amaba.
—Ricardo… mi amor… —balbuceó Verónica, intentando recomponer su máscara, cambiando su rostro de ira a uno de víctima en una fracción de segundo—. No es lo que parece. Ellas… ellas estaban descontroladas, me faltaron al respeto, yo solo intentaba educarlas… Elena me provocó…
Ricardo se detuvo frente a ella. La miró como si estuviera viendo a un monstruo. —Escuché todo —dijo. Su voz era tranquila, lo cual la hacía mucho más aterradora—. Escuché cada palabra. “Plaga”. “Carga”.
—Ricardo, estaba estresada, yo no… —¡Fuera! —el grito de Ricardo hizo que Verónica retrocediera—. Fuera de mi casa. Ahora mismo.
—No puedes echarme así. Tenemos un compromiso. Soy tu prometida. —Si no sales de esta casa en cinco minutos —dijo Ricardo, acercándose un paso más, invadiendo su espacio—, llamaré a la policía. Tengo cámaras de seguridad en este salón, Verónica. Tengo grabado cómo intentaste agredir a dos niñas de cinco años. ¿Quieres que envíe ese video al colegio de abogados? ¿A la prensa? ¿Quieres ver cómo termina tu carrera?
Verónica entendió que había perdido. El juego había terminado. Con las manos temblorosas de rabia, agarró su bolso. —Te vas a arrepentir —escupió mientras caminaba hacia la puerta—. Te vas a quedar solo con tus mocosas y tu sirvienta.
—Para mí es suficiente —respondió él.
Cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio volvió a la sala, pero esta vez era diferente. Ricardo cayó de rodillas al suelo. Abrió los brazos y las gemelas corrieron hacia él. —Perdónenme… perdónenme, mis amores —sollozó, abrazándolas con fuerza—. Fui un ciego. Perdónenme.
Valentina le acarició el cabello. —Sabía que volverías, papi. Elena dijo que nos protegerías.
Ricardo levantó la vista hacia Elena. Ella seguía de pie, con la mejilla roja, pero con una expresión de alivio infinito. —Elena… —Ricardo no encontraba las palabras. —Están bien, señor. Eso es lo único que importa.
Los días siguientes fueron de reconstrucción. Ricardo no volvió a la oficina en dos semanas. Se dedicó enteramente a sus hijas, a sanar las heridas invisibles que Verónica había dejado. Pero también se dedicó a observar a Elena.
