Fingió irse de viaje y regresó en secreto. Lo que vio hacer a la empleada con sus gemelas lo hizo caer de rodillas… 😭💔

—No me toques el vestido, mocosa. Cuesta más de lo que tu niñera gana en un año.

Elena apretaba los puños sobre el fregadero, tragándose la rabia. Intentó advertir a Ricardo una noche, con tacto, con sutileza.

—Señor —le dijo, mientras él revisaba unos contratos en el estudio—, las niñas… han cambiado. Tienen pesadillas de nuevo. Quizás la señorita Verónica es un poco estricta cuando usted no está.

Ricardo, agotado y ciego por la esperanza de una nueva vida, la cortó en seco. —Elena, por favor. Las niñas necesitan disciplina y una figura materna. Verónica está haciendo un esfuerzo enorme. No confundas las cosas. Ellas la adoran.

Elena bajó la cabeza. “Con su permiso, señor”. Se retiró, sabiendo que su palabra contra la de una abogada encantadora no valía nada. Pero su instinto le gritaba que el peligro era inminente.

Todo se precipitó cuando Ricardo anunció que debía viajar a São Paulo por tres días para cerrar una fusión importante. —Verónica se quedará a cargo —dijo durante la cena, sonriendo a su prometida—. Será una buena oportunidad para que se unan más como familia.

Las gemelas intercambiaron una mirada de terror puro que Ricardo no captó. Valentina apretó la mano de Isabela bajo la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Esa noche, mientras preparaba la maleta de su patrón, Elena escuchó algo que le heló la sangre. Verónica hablaba por teléfono en la terraza, creyéndose sola. Su voz no tenía nada de la dulzura que usaba con Ricardo; era puro veneno.

—Sí, Claudia, ya casi lo tengo. En cuanto tenga el anillo en el dedo, esas mocosas se van. Ya averigüé sobre un internado en Suiza. Lejos. No pienso pasar mis días limpiando narices y soportando sus lloriqueos… Sí, Ricardo se va mañana. Tengo tres días para ponerlas en su lugar. Van a aprender quién manda aquí.

Elena se quedó paralizada en la sombra del pasillo. El corazón le latía con tal fuerza que temía que el sonido la delatara. No era solo frialdad; era maldad. Verónica planeaba deshacerse de las niñas apenas tuviera el control legal.

A la mañana siguiente, Ricardo se despidió. Valentina se aferró a su pierna llorando con una desesperación que debió haberlo alertado, pero Verónica la despegó suavemente con una sonrisa ensayada. —Vete tranquilo, amor. Nosotras estaremos bien.

El auto negro cruzó el portón y desapareció. En ese mismo instante, la atmósfera en la casa cambió drásticamente. Fue como si el sol se apagara de golpe. Verónica se giró hacia las niñas, su rostro transformado en una máscara de desprecio.

—Se acabaron los juegos —siseó—. A sus cuartos. Y no quiero oír ni un solo ruido. Si me molestan, se arrepentirán.

Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía que esos tres días serían un infierno, pero no imaginaba que serían el escenario de una revelación que cambiaría sus vidas para siempre. Algo terrible estaba a punto de suceder, y ella era la única línea de defensa entre la inocencia de las niñas y la crueldad de una mujer dispuesta a todo.

Las horas siguientes fueron una tortura lenta y silenciosa. Verónica se adueñó de la casa como si fuera una reina tirana. Las niñas, aterrorizadas, apenas salían de su habitación. Elena intentaba mantenerlas ocupadas, llevándoles comida a escondidas porque Verónica les había prohibido cenar alegando que “estaban demasiado gordas” y que “ningún vestido bonito les quedaría bien si seguían comiendo así”.

Isabela lloraba en silencio, abrazada a su hermana. —Tengo hambre, Elena —susurró la pequeña. —Lo sé, mi amor, lo sé. Coman esto rápido —Elena les entregó unos sándwiches que había preparado furtivamente.

Pero Elena sabía que la comida no era el problema principal. El problema era el terror psicológico. Escuchaba a Verónica pasearse por los pasillos, hablando sola o por teléfono, refiriéndose a las niñas como “estorbos” y “cargas”.

Al segundo día, la situación se volvió insostenible. Elena, guiada por una fuerza que nacía del amor más puro, tomó una decisión que podría costarle su empleo y su futuro, pero no podía permitir que esto continuara. Esperó a que Verónica tomara su siesta de belleza y corrió al teléfono fijo de la cocina. Sus manos temblaban al marcar el número privado de Ricardo.

—¿Hola? —la voz de Ricardo sonaba cansada al otro lado de la línea. —Señor Monteiro… soy Elena. —¿Elena? ¿Pasa algo? Estoy en medio de una reunión… —Tiene que volver. Ahora. —¿Qué? ¿Por qué? ¿Las niñas están bien? —Señor, por favor… —la voz de Elena se quebró, no por debilidad, sino por la urgencia—. Hubo… un accidente. No puedo explicarle por teléfono. Venga, por favor. Y no avise que viene. Entre por la puerta del jardín. Confíe en mí.

Ricardo sintió un nudo en el estómago. Elena nunca lo llamaba. Jamás. Si ella decía que era urgente, es que el mundo se estaba cayendo. Sin pensarlo dos veces, canceló reuniones millonarias, ignoró las protestas de sus socios y tomó el primer vuelo de regreso.

Durante el viaje, la ansiedad lo carcomía. ¿Un accidente? ¿Por qué no avisar? Las palabras “confíe en mí” resonaban en su cabeza. Recordó la mirada triste de Valentina al despedirse. Recordó las advertencias sutiles de Elena que él había ignorado.

Llegó a la mansión al anochecer. La casa estaba sumida en una oscuridad inusual. Siguiendo las instrucciones de Elena, no entró por el frente. Usó sus llaves para abrir la puerta trasera que daba a la cocina. Se movió en silencio, como un fantasma en su propia casa.

Al acercarse al salón principal, escuchó voces. No eran voces de juego. No había risas.

—¡Son unas inútiles! —el grito de Verónica atravesó las paredes como un cuchillo afilado—. ¡Les dije que recogieran esto hace una hora!

Ricardo se congeló. Esa no era la voz dulce de su prometida. Era la voz de una extraña llena de odio. Se acercó a la puerta entreabierta del salón. Lo que vio le desgarró el alma.