El silencio en la mansión Monteiro no era paz; era un vacío helado que calaba hasta los huesos. Ricardo Monteiro, un hombre que tenía el mundo a sus pies en términos financieros, se sentía el ser más pobre de la tierra cada vez que cruzaba el umbral de su casa. Hacía tres años que Marina, su esposa y el amor de su vida, había fallecido, llevándose con ella la luz y las risas que alguna vez llenaron aquellos pasillos. Le quedaron dos tesoros: Valentina e Isabela, gemelas de cinco años con ojos grandes y tristes que buscaban a su madre en cada rincón.
Ricardo se había sumergido en el trabajo para no ahogarse en el dolor. Su imperio empresarial crecía, pero su corazón se encogía. Hasta que apareció Verónica.
La conoció en uno de esos eventos corporativos que tanto detestaba, llenos de champán caro y sonrisas falsas. Verónica Duarte brillaba con luz propia. Era abogada, sofisticada, hermosa y, sobre todo, parecía tener un interés genuino en él más allá de su cuenta bancaria. Pero lo que terminó de derribar las defensas de Ricardo fue cómo reaccionó al ver la foto de las gemelas en su fondo de pantalla.
—Son ángeles —había dicho ella con una ternura que parecía real—. ¿Cómo se llaman?
Nadie preguntaba primero por las niñas. Todos preguntaban por las acciones, por las fusiones, por el mercado. Verónica preguntó por sus hijas. En ese instante, Ricardo vio una salvación. Vio una madre.
Semanas después, Verónica ya era una presencia constante en la mansión. Llegaba con regalos costosos, muñecas de porcelana y vestidos de diseñador. Frente a Ricardo, era la imagen de la paciencia y el cariño. Las niñas, hambrientas de afecto materno, se dejaban abrazar, aunque había una rigidez en sus pequeños cuerpos que Ricardo, en su desesperación por reconstruir su familia, decidió no ver.
Pero había alguien que sí veía. Elena.
Elena Ribeiro llevaba dos años trabajando como empleada doméstica en la mansión. Había llegado en el momento más oscuro, justo después de la muerte de Marina, y se había convertido en mucho más que una simple trabajadora. Elena no solo limpiaba y cocinaba; Elena curaba las rodillas raspadas, espantaba los monstruos de debajo de la cama y trenzaba cabellos rebeldes. Elena amaba a esas niñas con una ferocidad silenciosa, un amor que no necesitaba de regalos caros ni de audiencias.
Desde la cocina, mientras secaba los platos, Elena observaba. Sus ojos, entrenados en el lenguaje del cuidado genuino, notaban las grietas en la fachada de Verónica. Veía cómo la sonrisa de la “novia perfecta” se desvanecía en una mueca de asco cuando una de las niñas la tocaba con las manos sucias de mermelada. Veía cómo, cuando Ricardo salía de la habitación, el tono de voz de Verónica bajaba octavas, volviéndose frío y cortante.
