—¡Llama a la policía! —exigió Paulina con una sonrisa triunfal—. ¡Que se pudra en la cárcel! Así nos deshacemos de ella y vendemos el reloj para irnos a Europa.
Pero Damián no llamó a la policía. —No —dijo fríamente—. Un escándalo policial arruinaría mi reputación aún más. Rosa se queda. Necesitamos quien cuide a los niños.
Paulina, furiosa porque su plan había fallado, decidió jugar su última carta. Aprovechando que Damián “dormía” y Rosa lavaba ropa, hizo una llamada. No sabía que Damián estaba despierto, escuchando cada palabra, y que su teléfono estaba grabando.
—Licenciado Montes —susurró Paulina al teléfono—. Sí, la situación es insostenible. Quiero vender la custodia. Diga a los abuelos que si me dan dos millones de pesos mañana, yo testifico en contra de Damián. Diré que es un negligente, que los niños viven entre ratas. Pero quiero el dinero en mi cuenta… Sí, me estorban. Quiero deshacerme de estos mocosos y de este perdedor cuanto antes.
Damián escuchó suficiente. Se levantó en la penumbra, y su postura cambió. Ya no era el hombre encorvado y derrotado. Se irguió con la fuerza de un titán que despierta.
Salió a la sala. Rosa estaba entrando con un vaso de agua para él. Paulina colgó el teléfono, asustada.
—¿Con quién hablas, Paulina? —preguntó Damián. Su voz era diferente. Era profunda, autoritaria, peligrosa.
—Con… con mi mamá —tartamudeó ella.
Damián sacó su teléfono y reprodujo la grabación. La voz de Paulina llenó la habitación: “Quiero deshacerme de estos mocosos… dos millones de pesos…”.
Paulina palideció hasta parecer un cadáver. —Damián… eso… es una broma… estaba estresada…
—¿Una broma? —Damián avanzó hacia ella. Rosa instintivamente cubrió a los niños—. Vender a mis hijos no es una broma. Robar comida a niños hambrientos no es una broma. Incriminar a una mujer inocente no es una broma.
—¿De qué hablas? Tú no tienes nada, ¡eres un fracasado! —gritó Paulina, intentando atacar.
Damián sonrió, pero era una sonrisa que helaba la sangre. —Nunca estuve en bancarrota, Paulina.
El silencio fue absoluto.
—Nunca perdí la empresa. Nunca perdí el dinero. Compré este edificio hace un mes solo para esto. Para saber quién dormía a mi lado. Para saber si me amabas a mí o a mi chequera.
Paulina cayó de rodillas, temblando. —No… no puedes hacerme esto…
—Tú te lo hiciste sola.
En ese momento, las luces de varias camionetas blindadas iluminaron la calle. El equipo de seguridad de Damián subió las escaleras. Hombres armados y médicos entraron al departamento.
—Atiendan al niño y a la señorita Rosa —ordenó Damián.
—Damián, perdóname, te amo —suplicó Paulina, arrastrándose hacia él—. ¡Estaba asustada!
—Guardias —dijo Damián sin mirarla—, saquen a esta mujer de mi vista. Tiene una orden de restricción. Si se acerca a mis hijos, publicaré los videos de todo lo que hizo aquí. Se irá sin nada, tal como vino.
Mientras Paulina era escoltada fuera, gritando y maldiciendo, Damián se acercó a Rosa. Ella estaba en un rincón, aturdida, abrazando a Mateo.
—Rosa —dijo Damián con suavidad, arrodillándose ante ella. Le tomó las manos, esas manos ásperas por el trabajo y el frío—. Perdóname. Perdóname por hacerte pasar por esto. No era mi intención lastimarte, pero necesitaba saber en quién podía confiar la vida de mis hijos.
—Señor… —Rosa lloraba—. Yo creí que…
—Tú demostraste ser más noble que cualquiera de mi círculo social. Vendiste tu anillo, diste tu comida, protegiste a mis hijos como si fueran tuyos.
Damián sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo. Adentro estaba el anillo de graduación de Rosa, recuperado de la farmacia, y un cheque. —Recuperé tu anillo. Y este cheque… es para asegurar que tu madre tenga los mejores médicos del país. Pero quiero pedirte algo más.
Rosa lo miró, incrédula. —Ya no quiero que seas la niñera. Quiero que seas la gerente de mi hogar. Quiero que seas parte de nuestra familia, con la dignidad y el respeto que mereces. Nadie volverá a humillarte jamás.
Rosa asintió, incapaz de hablar, y Damián la abrazó. No fue el abrazo de un patrón a una empleada, fue el abrazo de un hombre salvado a su ángel guardián.
Salieron de aquel edificio infernal caminando hacia las camionetas de lujo. La lluvia había cesado y, en el cielo, las nubes se abrían para dejar pasar la luz de la luna. Atrás quedaba la pesadilla; adelante, una vida construida no sobre el dinero, sino sobre la verdad inquebrantable de que la lealtad y el amor verdadero son las únicas riquezas que no se pueden devaluar.
Esa noche, Mateo y Leo durmieron tranquilos. Y Damián, mirando a Rosa cuidar de ellos en la calidez de su verdadero hogar, supo que aunque había fingido perderlo todo, en realidad, acababa de ganarlo todo.
