Fingí perder toda mi fortuna para probar a mi prometida, pero lo que hizo la niñera por mis hijos me hizo llorar.

—¡Haz que se callen! —gritaba Paulina cuando Leo lloraba de hambre—. ¡Ese ruido me taladra el cerebro!

—Tienen hambre, señora —respondía Rosa con paciencia infinita, dándoles cucharadas de arroz hervido, lo único que tenían.

Una tarde, el pequeño Mateo señaló el bolso de marca de Paulina. —Huele a chocolate —susurró el niño.

Rosa, movida por el instinto, confrontó a Paulina. —Señora, los niños no han comido proteína en dos días. ¿Tiene comida ahí?

—¡No seas insolente! —chilló Paulina, protegiendo su bolso.

Pero en el forcejeo, el bolso cayó. Y la verdad rodó por el suelo sucio: chocolates suizos, nueces de macadamia, jamón serrano importado. Paulina había estado escondiendo manjares mientras los hijos de su prometido lloraban de hambre.

—¿Usted se gastó el poco dinero que había en esto? —preguntó Rosa, temblando de rabia.

—¡Yo necesito calorías! —se defendió Paulina con cinismo—. No soy como ustedes, yo estoy acostumbrada a vivir bien. Y si le dices algo a Damián, le diré que fuiste tú quien robó el dinero. ¿A quién crees que le creerá? ¿A su prometida o a la gata?

Rosa calló por miedo, no por ella, sino por no poder seguir cuidando a los niños si la echaban.

La situación empeoró la tercera noche. Una tormenta eléctrica azotó la ciudad y la temperatura bajó drásticamente. Mateo empezó a arder en fiebre. Sus pequeños pulmones silbaban y su cuerpo se sacudía con convulsiones.

—¡Señor Damián! —gritó Rosa—. ¡El niño está mal!

Damián, olvidando su papel por un segundo, corrió a sostener a su hijo. —¡Necesita un médico! ¡Paulina, dame tu teléfono para llamar una ambulancia, el mío no tiene batería!

Paulina, desde el sofá, ni se movió. —Me queda 10% de batería y la necesito. Además, las ambulancias de beneficencia tardan horas. Métanlo en agua fría y dejen el drama.

—¡Se muere! —gritó Rosa, llorando—. ¡Necesita antibióticos!

—No tenemos dinero —dijo Damián con dolor fingido, aunque por dentro se estaba muriendo de angustia—. La farmacia no fía.

Rosa no lo pensó dos veces. Se levantó, se secó las lágrimas y miró a Damián. —Cuídelo, señor. Yo lo resuelvo.

Salió corriendo bajo la lluvia torrencial. Corrió como nunca había corrido, ignorando el frío que le calaba los huesos, ignorando el miedo de las calles oscuras. Llegó a la farmacia, empapada y jadeante. El farmacéutico se negó a darle la medicina sin dinero.

Con manos temblorosas, Rosa se quitó su anillo. Un anillo de oro sencillo, de graduación, el último regalo que su padre le dio antes de morir. Su tesoro más preciado. —Tome —suplicó—. Es oro de verdad. Vale más que la medicina. Por favor, salve al niño.

Minutos después, Rosa regresaba con los antibióticos y una jeringa. Mateo recibió la inyección y, poco a poco, su respiración se estabilizó. Damián miró la mano desnuda de Rosa, donde antes brillaba el anillo, y sintió un nudo en la garganta que casi lo ahoga. Había visto el sacrificio más puro: desprenderse de lo único que se tiene por amor a alguien que no lleva tu sangre.

Pero la maldad de Paulina no tenía límites.

A la mañana siguiente, Damián fingió perder su reloj de oro, un Patek Philippe que “había olvidado vender”. Era la última esperanza de la familia para comer.

—¡Mi reloj! —gritó Damián—. ¡Lo dejé en la mesa!

Paulina vio la oportunidad perfecta. Mientras Damián estaba en el baño, ella había tomado el reloj y lo había deslizado en el bolsillo del delantal de Rosa.

—¡Fue ella! —acusó Paulina, señalando a Rosa con un dedo acusador—. ¡Es una ladrona! ¡Revísala!

Rosa lloraba, negando con la cabeza. —¡Señor, se lo juro, yo no fui!

Damián, con el corazón roto por tener que seguir con la farsa, revisó el delantal. Sus dedos encontraron el reloj. —Rosa… —murmuró, sosteniendo la “evidencia”.