Fingí perder toda mi fortuna para probar a mi prometida, pero lo que hizo la niñera por mis hijos me hizo llorar.

Damián levantó la vista. Sus ojos, usualmente brillantes, estaban apagados, pozos oscuros de desesperación. —Se acabó. Todo se acabó. Mis socios me traicionaron. Fue una trampa financiera. El banco ha congelado las cuentas hace una hora. Han embargado la casa, los autos, el yate… todo.

El silencio que siguió fue sepulcral. Paulina retrocedió como si Damián tuviera una enfermedad contagiosa. —¿Estás… estás diciendo que no tienes dinero?

—Estoy diciendo que estoy en la ruina absoluta —continuó Damián, sacando su cartera y arrojando las tarjetas de crédito inútiles sobre la mesa—. Debo más dinero del que podría pagar en cien vidas. Tenemos que irnos. Ahora. Los ejecutores vendrán al amanecer.

—¿Irnos a dónde? —chilló Paulina, al borde de la histeria—. ¿Al Four Seasons? ¿A la casa del lago?

—Esas propiedades ya no son mías. Tengo… tengo un viejo departamento en un barrio popular, al otro lado de la ciudad. Era de mi abuelo, está a nombre de un tío lejano y es lo único que no han tocado. Es un techo. Es donde viviremos a partir de hoy.

Paulina miró a su alrededor con horror, como un animal acorralado. Damián se giró hacia Rosa, quien observaba la escena abrazada a los niños. —Rosa… lo siento. No puedo pagarte. No tengo ni para tu liquidación. Deberías irte. Busca otro trabajo, sálvate mientras puedas.

Era el momento de la verdad. El barco se hundía y las ratas debían saltar. Damián esperaba ver la espalda de Rosa alejándose. Era lo lógico. Era lo sensato.

Pero Rosa no se movió hacia la puerta. Se soltó suavemente de los niños, se acercó al hombre derrotado y puso una mano reconfortante sobre su hombro. —Señor Damián, usted pagó las medicinas de mi madre cuando nadie más me ayudaba. Me dio trabajo cuando estaba desesperada. Yo no soy quien abandona el barco cuando hay tormenta. Si usted y los niños se van a ese lugar… yo voy con ustedes. Tengo dos manos fuertes y sé hacer rendir un kilo de frijoles para toda la semana.

Paulina soltó una carcajada cruel. —¡Qué patético! La sirvienta enamorada y el millonario fracasado. Pues que se diviertan en la miseria.

—Paulina —dijo Damián, mirándola fijamente—, te necesito conmigo. Dijiste que me amabas en las buenas y en las malas. Esta es la mala.

La mujer dudó. Miró los lujos que la rodeaban y luego a Damián. Su mente calculadora trabajó a mil por hora. Si se quedaba, la prensa la destrozaría, pero si se iba ahora sin un plan, quedaría como la villana. Necesitaba tiempo. —Iré… —dijo con asco—. Pero solo hasta que arregles este desastre. Y más te vale que sea pronto.

Media hora después, la “familia” salía de la mansión. No en una limusina, sino en un viejo auto compacto, oxidado y ruidoso. Paulina lloraba por sus joyas confiscadas. Rosa llevaba mochilas con ropa para los niños y comida que pudo rescatar.

El viaje fue un descenso a los infiernos. Dejaron atrás las luces brillantes de la ciudad para adentrarse en calles oscuras, llenas de baches y basura. El auto se detuvo frente a un edificio gris, despintado, que olía a humedad y desesperanza.

—Llegamos —anunció Damián apagando el motor.

Paulina miró el edificio y negó con la cabeza, aferrándose al asiento. —No. Yo no bajo ahí. Eso es un nido de ratas.

—Es esto o la calle —sentenció Damián abriendo la puerta.

Subieron las escaleras estrechas hasta el tercer piso. Al abrir la puerta del departamento, el olor a encierro y polvo los golpeó. Había un solo colchón viejo, una mesa coja y oscuridad. Paulina gritó de frustración, pateando una silla. Rosa, en cambio, dejó las maletas, buscó una escoba y, sin decir una palabra, comenzó a barrer un rincón para que los niños pudieran dormir.

Esa noche, mientras la tormenta comenzaba a rugir afuera, Damián observó desde la penumbra. A su izquierda, su prometida lloraba por su destino perdido. A su derecha, la mujer que apenas conocía preparaba una cama con trapos viejos para sus hijos. La prueba apenas comenzaba, pero el destino ya estaba afilando sus cuchillos para revelar quién era quién en realidad.

Los días siguientes fueron una tortura lenta y reveladora. El calor en el pequeño departamento era insoportable, y la comida escaseaba. Damián salía temprano fingiendo buscar trabajo de cargador, regresando con las manos vacías y la ropa sucia, trayendo apenas unos cuantos bolillos duros.

Paulina se había transformado. Ya no disimulaba su desprecio. Se pasaba el día limándose las uñas, quejándose del ruido que hacían los niños y encerrándose en el baño.