La prueba de amor más difícil: Cuando perderlo todo te enseña lo que vale la pena
El sonido de una bofetada rompió la armonía de la mansión Villaseñor, silenciando incluso la música clásica que sonaba de fondo. Paulina, con su vestido de diseñador y su rostro contraído por una furia irracional, acababa de levantar la mano contra el pequeño Leo. Pero el golpe nunca llegó al niño.
En una fracción de segundo, Rosa, la niñera, se interpuso. Su cuerpo menudo se convirtió en un escudo humano, recibiendo el impacto en su propia mejilla. El ardor fue inmediato, pero Rosa no se movió. Mantuvo a Leo y a su hermano gemelo, Mateo, abrazados contra su delantal, protegiéndolos como una leona protege a sus cachorros ante una tormenta.
—¡Eres una estúpida! —gritó Paulina, frotándose la mano dolorida—. ¡Ese mocoso me manchó el vestido con chocolate! ¿Sabes cuánto cuesta esto? ¡Más de lo que ganarás en diez vidas!
Rosa levantó la vista, con los ojos húmedos pero llenos de una dignidad inquebrantable. —A los niños no se les toca, señorita Paulina. Un vestido se lava, pero una herida en el alma de un niño no se borra nunca.
La tensión en la sala era asfixiante. Paulina, la prometida de Damián Villaseñor, el magnate inmobiliario más codiciado del país, estaba a punto de estallar nuevamente cuando la puerta principal se abrió.
Damián entró. Pero no era el Damián de siempre. No caminaba con esa seguridad de emperador, ni llevaba su impecable traje italiano. Entró arrastrando los pies, con la corbata desecha, el cabello revuelto y el rostro pálido, como si hubiera visto un fantasma. O peor, como si él mismo se hubiera convertido en uno.
—¡Mi amor! —Paulina corrió hacia él, cambiando su máscara de ira por una de víctima en un parpadeo—. Tienes que despedir a esta salvaje. Casi me rompe la mano con su cara. Y tus hijos son insoportables. Necesito ir de compras para relajarme, este estrés me va a matar.
Damián no la miró. Se dejó caer en el sofá de cuero con un peso muerto, cubriéndose el rostro con las manos. Un sollozo seco, aterradoramente real, escapó de su garganta.
—No habrá compras, Paulina —dijo con voz ronca—. No habrá gala esta noche. No habrá nada.
Paulina se detuvo en seco, soltando una risa nerviosa. —¿De qué hablas? Deja tus bromas, Damián.
