Pero Emma sabía que las intenciones no borrarían lo que casi sucedió, y algo dentro de él había cambiado para siempre.
Esa noche, envió a Ada a quedarse con su hermana, insistiendo en espacio, seguridad y respuestas que ya no estaba seguro de querer.
Grace se quedó, sosteniendo a Chinidu mientras Emma permanecía despierta, repitiendo la escena una y otra vez, preguntándose qué tan cerca estuvo de perderlo todo.

Los días siguientes estuvieron llenos de silencio, interrumpido sólo por la risa del bebé y la creciente determinación de Emma de protegerlo a toda costa.
Ada llamó repetidamente, disculpándose, suplicando, culpando al estrés, a los celos y al miedo a perder su lugar en la vida de Emma.
Emma aceptó reunirse con ella, pero sólo en público, sólo con límites claros; su confianza se quebró sin posibilidad de reparación.
Cuando se conocieron, Ada parecía más pequeña, el remordimiento escrito en su rostro, pero Emma no podía olvidar la sartén levantada, la amenaza, la frialdad.
Prometió terapia, prometió cambio, prometió que amaba a Chinidu, pero Emma se dio cuenta de que el amor sin control era peligroso.
Terminó el compromiso en silencio, con firmeza, ignorando sus lágrimas y eligiendo a su hijo por encima del futuro que alguna vez imaginó.
La noticia se difundió rápidamente entre familiares y amigos, los susurros reemplazaron a las celebraciones y el juicio lo siguió a dondequiera que iba.
Algunos dijeron que había reaccionado exageradamente, otros elogiaron su valentía, pero Emma dejó de escuchar y se concentró únicamente en crear un hogar seguro.
Grace se convirtió en más que una sirvienta; se convirtió en familia, confiable y respetada por su valentía y lealtad.
Pasaron los meses y Chinidu se hizo más fuerte, gateando, riendo, llenando la casa de vida que poco a poco curaba el miedo de Emma.
Ada intentó una vez más regresar sin avisar, pero Emma se mantuvo firme, negándose a permitir que la oscuridad no resuelta cruzara nuevamente su umbral.
Ella se fue ese día en silencio y Emma nunca volvió a verla, aunque el recuerdo permaneció como una cicatriz.
Años después, Emma todavía se despertaba por las noches, con el corazón palpitando, para ver cómo estaba su hijo y recordándose que el peligro había desaparecido.
Chinidu creció y se convirtió en un niño curioso y alegre, sin darse cuenta de lo cerca que estuvo su vida de ser moldeada por la violencia.
Emma no le contó a nadie la historia completa y prefirió proteger la inocencia de su hijo en lugar de la simpatía del público.
Pero a veces, cuando Chinidu reía demasiado fuerte o lloraba demasiado, Emma recordaba ese momento y lo abrazaba más fuerte.
Aprendió que los monstruos no siempre parecen extraños y que el amor sin responsabilidad puede convertirse en algo aterrador.
La casa que una vez resonó con rabia se convirtió en un lugar de calma, límites y fortaleza silenciosa.
Grace finalmente se fue para formar su propia familia, y Emma la ayudó con orgullo y una gratitud indescriptible.
