Entró a un restaurante a comer sobras porque se moría de hambre… sin saber que el dueño cambiaría su destino para siempre-nhuy

Las lágrimas corrían por su rostro, dejando surcos limpios en la capa de polvo, y su mente repetía una sola frase: “Tengo que llegar”, como si esa frase sostuviera su corazón.

Tenía que pedirles ayuda, porque si no lo hacía, su madre podría no resistir, y una niña sabe eso sin que nadie se lo explique, porque el amor también es instinto.

Pero para entender la magnitud de ese paso, hay que volver al inicio, a la mañana de aquel día que iba a cambiarlo todo, cuando el sol aún parecía amable.

La madre de Lucita se llamaba Elena Montaño, una mujer de manos firmes y ojos cansados, que había aprendido a vivir entre fronteras, sequía y rumores que mordían.

El rancho era humilde, con una casa de madera gastada y un corral pequeño, pero Elena lo había convertido en hogar con trabajo silencioso, como quien construye refugio en la intemperie.

Lucita era su luz más clara, la única risa constante en una vida dura, y Elena la protegía con una mezcla de ternura y disciplina, porque el desierto no perdona descuidos.

Aquella mañana salieron temprano hacia el riacho, llevando un balde y una manta, y Lucita canturreaba bajito mientras caminaba, sin imaginar que el día guardaba un filo.

En el trayecto, Elena notó huellas recientes de herraduras y marcas de arrastre, señales de movimiento sospechoso, y su estómago se tensó como cuando uno presiente una mala noticia.

No era raro ver ladrones de caballos merodeando, y muchos rancheros vivían con miedo, porque en esos caminos la ley llegaba tarde, y la justicia dependía de la suerte.

Elena apuró el paso, pero al llegar al riacho vio a varios apache bajo las acacias, en silencio, observando el agua como si conversaran con ella, sin provocar a nadie.

La mayoría de los vecinos evitaba cruzarse con ellos, porque los prejuicios eran más fuertes que la realidad, pero Elena, aunque desconfiada, no estaba hecha de odio.

Lucita, en cambio, no conocía el odio como costumbre, y miró a los hombres con curiosidad limpia, como quien mira montañas o coyotes, sin querer atraparlos ni juzgarlos.

Uno de los apaches, un hombre de rostro sereno y cicatriz antigua en la ceja, alzó la vista y no mostró amenaza, solo una calma que parecía más vieja que el desierto.

Elena apretó la mano de Lucita, lista para irse rápido, pero el hombre inclinó la cabeza en un saludo breve, y ese gesto simple desarmó un poco el miedo heredado.

Cuando llenaron el balde, Elena agradeció en español con voz baja, y el hombre respondió con una palabra corta, amable, y Lucita guardó esa palabra como una semilla.

De regreso al rancho, el viento soplaba caliente, y el cielo tenía un azul demasiado limpio, como si quisiera fingir que nada malo podía ocurrir bajo tanta claridad.