—Cuando llegaste con esa camisa a cuadros y pediste un taco —murmuró Mauela, con la cara pegada a su pecho—, supe que algo iba a cambiar. No sabía si sería para bien. Ahora sé que sí.
“Sabía que estaba cambiando”, respondió Leo. “Me pregunté si me había traicionado. Y me enfrenté a la pregunta más difícil: ¿me había traicionado al olvidar por qué empecé?”
—¿Y por qué empezaste?
—Porque la vida se arregla con una tortilla calientita, una buena carne asada y que alguien te pregunte cómo te fue en el día.
"Así que no te vayas", dijo. "Si alguna vez te apetece volver a la torre, baja al salón, siéntate en la mesa fea y escucha el tintineo de los platos".
-Prometido.
El juicio de Roberto y su gente tomaría tiempo, como suele ocurrir con las cosas que deben ser ciertas. Pero ya no era un fantasma. Había documentos, grabaciones de audio y testimonios valiosos.
Una tarde, el nuevo abogado de la empresa le preguntó a Leo si quería "cerrar este capítulo" con una declaración glacial. Dijo que no. En lugar de un texto cuidadosamente redactado, grabó un video casero en la cocina del restaurante, con carteles de látex colgados de fondo.
No dio cifras ni dijo si se golpeó el pecho. Simplemente dijo:
—Nos equivocamos al confiar sin verificar. Nos fallamos a nosotros mismos. No volverá a suceder. Si alguien te trata mal en esta casa, ve y dímelo. Te creeré.
El video se compartió, sí. Pero lo más importante no fue el impacto en línea, sino el eco dentro de la empresa: empleados que se ofrecieron a compartir lo que antes habían callado; cocineros que sugirieron revivir las recetas de sus madres.
Un martes, a media mañana, Mañuela añadió un nuevo plato al menú: las Habas de Doña Nepa .
Doña Neña era la abuela de Leo. Él no lo supo hasta que la vio llorando en el pasillo que conducía al refrigerador.
—No es para ti —dijo Manuela, riendo entre lágrimas—. Es para mí también. Quiero que mi mamá también esté aquí.
—Mételo. Mételos todos —dijo Leo—. La carta es el álbum.
Un domingo tranquilo, Leo llevó a Manuela y Diego a las afueras del pueblo para hacer un asado en el patio de su casa más modesta, la de su familia, donde ahora vivía un primo y que había conservado inalterada por la nostalgia.
Encendió el carbón como le había enseñado su padre: papel debajo, trozos de madera y un abanico.
Diego sostenía la parrilla como si fuera un puente que estaba a punto de cruzar. Mamuela colocó las tortillas en una servilleta gruesa y recordó cómo su madre las envolvía para que no se humedecieran.
—Me dejaron ponerle sal —dijo Diego con la solemnidad de un príncipe—. La sal es dura. Y no se echa a perder.
—¿Sí, arquitecto? —bromeó Leo.
Comí bajo un cielo despejado. En un momento dado, sin decir palabra, Leo sacó una cajita de su bolsillo. Mauela lo miró con una mezcla de miedo y risa.
"¿Estás listo?" susurró. "¿Así nada más?"
—No —dijo ella, cerrando la cajita—. Todavía no. No mientras se recupere. Solo quería que supieras que lo pienso, que lo sueño. Pero puedo esperar todo lo que quieras.
—Gracias —dijo, y ese “gracias” era una promesa realista.
Diego levantó su vaso de agua como si fuera un puente.
"Por los tacos que inician revoluciones", declaró. "Y por las pequeñas embarcaciones que cambian destinos".
Mapela y Leo Riero. LЅego se miraoп cop esa pпυeva complicidad que los hizo siпtir como si hЅbierп vividodo jЅпtos a Ѕп mЅro que estaba a pЅпto de rrυrse.
Sopesó la servilleta levantada, el papel doblado, la tinta azul prensada. Ese día, lo escrito los había paralizado. Hoy, lo que se había hecho con esas letras los había puesto en movimiento.
Meses después, Tradicios ganó un premio local al "mejor servicio". Leo fue a recogerlo con todo el equipo: cocineros, asistentes, camareros. Subieron al escenario, apiñados, riendo, tropezando con los cables.
Cuando acercaron el micrófono, Leo se golpeó la cabeza y se lo pasó a Mauela. Ella se aclaró la garganta, se acomodó el pelo detrás de la oreja y respiró hondo.
