Eliminó a su esposa de la lista de invitados por ser ‘demasiado simple’… No tenía ni idea de que ella era la dueña secreta de su imperio.-nhuy

Leo no lo pensó dos veces. Sacó su teléfono y marcó un número que llevaba años atorado en su garganta.

—Habla Leonardo Mendoza. Necesito equipo de seguridad en la colonia Independencia, calle Morelos 234. Ya.

Mañuela lo miró con una mezcla de incredulidad y rabia que desgarró el pecho de Leo. Él le sostuvo la mirada, ahora sin excusas.

"Soy el dueño. Y estoy aquí", dijo, como si esas cuatro palabras pudieran explicarlo todo.

"¿Desde cuándo?" preguntó pálida y apretando los puños.

—Ya que viniste con ese vaso de agua y me dejaste un trozo de papel doblado.

—Así que jugaste a ser otra persona —espetó, secándose bruscamente una lágrima que no había pedido permiso para caer—. Y yo... te costé la vida.

"No jugué con lo que pensabas", respondió sin aliento. "Jugué con mi disfraz. Lo demás es lo más real que me ha pasado en la vida".

Volvió a llamar a la puerta. "¡Abre o lo derribo todo!", rugió Roberto. Leo tomó a Mamuela de la mano.

-Detrás.

Saltaron la valla hacia el jardín del vecino. Don Aurelio, un hombre con chándal y sandalias, los vio aparecer como si fueran dos gatos y, en lugar de preguntar, asintió y contestó el teléfono.

Corrieron por el callejón. El corazón de Leo latía con fuerza en sus costillas. Mauela se detuvo en seco cuando dijo, con una incomodidad causada por las buenas ideas, pero que sonaba a lo mismo de siempre:

—Si te destrozo la casa, la arreglamos. Te compro otra si es necesario.

Ella se dio la vuelta, como si esa oferta le hubiera colgado un collar de plomo alrededor del cuello.

 

—No quiero que me compres nada —dijo con dureza—. No quiero que nadie me quite lo que es mío.

Leo reprimió su impulsividad como si se mordiera la lengua. Apretó la caja de prueba contra el pecho. Las sirenas aullaban a lo lejos. Tres todoterrenos negros doblaron la esquina al otro lado.

A veces la vida real, y la vida de los ricos, se parece mucho a los programas de televisión: hombres de traje, radios en los oídos y movimientos sin esfuerzo.

"Señor Mendoza", dijo uno de ellos, "ya estamos aquí".

—Hay tres hombres de otro lugar con Roberto. Ni se te ocurra tocar a nadie —espetó Leo, sin soltar la mano de Mañuela.

La policía llegó segundos después. El ruido del mundo se convirtió en una maraña de gritos, pasos y portazos. Mauela se quedó quieta en el callejón, mirando al suelo, como si el polvo pudiera ordeñar sus pensamientos. Leo la giró hacia él.

—No hay vuelta atrás. Te debo la verdad, sin reservas. Sí, soy el dueño. Sí, debí haberlo dicho antes. No confíes en mi traje, ni siquiera en el mío. Confía en lo que me viste hacer.

"Vi a un hombre que se sentaba a la mesa fea todos los días para preguntar cómo estaba mi hermano", dijo, alzando la voz. "También vi a un millonario que cree que resolver un problema es tan sencillo como comprar algo".

"Soy ignorante", susurró. "Dame una oportunidad, aprendo rápido".

Ella sonrió muy levemente, con dulzura, como si le hubieran concedido una tregua.

—Aprende una cosa primero: no me salvas, me acompañas.