Ella lo midió con un largo silencio.
"Si te creo y no eres quien dices ser...", se detuvo. "Lo siento. Hablo como si te debiera algo. Lo único que te debo es la verdad."
"Y yo te amo", dijo Leo. "Vamos paso a paso. Consigamos las pruebas. Luego averiguaremos el resto".
—Roberto está vigilando mi casa.
—Entonces le haremos creer que sigues tu rutina. Mañana a las seis, sales como siempre. En lugar de bajarte en la parada, caminas dos cuadras hasta la panadería de la esquina de la plaza.
Te recogeré. Entraremos detrás de tu casa, tomaremos lo que tengas y nos iremos por otro camino.
"¿Quién eres tú para hablar así?" preguntó de repente, levantando las cejas.
Leo no respondió. Todavía no. Se guardó la respuesta para sí mismo con una mezcla de culpa y cálculo. Sabía que cada segundo que dijera que no se convertiría en una deuda que se resistiría a cobrar.
Pero si lo dijera allí, al aire libre, sin protección, podría convertir a Maпхela eп en un blaп aún mayor.
"Alguien que no soporta ver a un abusador creyéndose invencible", dijo y la ira le dio peso a la frase.
Mamuela asintió, con la aceptación práctica de quien vive para sobrevivir. Antes de irse, lo miró fijamente:
—Si me mientes, que Dios te lo haga pagar.
El plan salió tan bien que por un momento Leo pensó que estaba en una película: Mauela caminaba tranquilamente; dos hombres en una antigua tienda de sedas colocándose en el rincón equivocado; el dulce olor de la pastelería del barrio flotaba detrás de ellos.
Coпdυjeroп por calles laterales hasta la casa de Maпυela: хпa coпstrυccióп seпcilla coп macetas de geranios, cortinas limpias y хпa bicicleta coп хпa rυeda piпchada apoyada coпtra la pared.
"La caja está debajo de la cama", dijo. "Hay fotos de recibos alterados, copias de cierres de caja y grabaciones de llamadas donde Roberto habla de 'entregas'".
Leo preguntó: "¿Entregas de qué?". Sabía lo suficiente del mundo como para no pronunciar palabras que abrieran puertas oscuras. Cogió la caja. En la mesita de noche, vio una foto: Mauela y un niño delgado de ojos color miel.
Diego, sin duda. Sonreía frente a la Macroplaza, con el Cerro de la Silla a sus espaldas, como si los estuviera observando.
—Maпυela… —comenzó a decir, decidiéndose finalmente a revelar la verdad.
No fue suficiente. El chirrido de tres frenos fuertes afuera los heló hasta los huesos. Motor, puertas, maleteros. La voz de Roberto, ese ladrido seguro de perro desde dentro de un coche caro:
—¡Abre! ¡Sé que estás ahí, Mamuela!
