—Un taco de carne asada —respondió Leopardo—. Y una Coca-Cola bien fría.
—¿Harina o maíz?
—Hecho de maíz. Hecho a mano, si es posible.
"Siempre es posible", sonrió, como si hubiera elegido personalmente ese "siempre".
Se llamaba Manuela. Leo lo sabía porque otro camarero la llamó por su nombre desde la barra. Antes de irse, dejó su vaso de agua y, con un gesto tan discreto que cualquiera lo habría pasado por alto, deslizó un papel doblado debajo de la servilleta.
Leo lo vio con el rabillo del ojo y sintió, sin motivo alguno, una punzada de aprensión.
No la abrió enseguida. Vio al gerente paseándose como un capataz que creía que el lugar era un corral. Vio a un camarero regresar con las cuentas y a Roberto meter la mano, con la diferencia de quien guarda sus cosas. Vio a una cajera apartar la mirada al acercarse.
"Veo fantasmas", se dijo a sí mismo; pero cuando levantó la servilleta y desdobló el papel, las letras azules apretadas lo dejaron sin aliento:
El gerente, Roberto, está robando. Cambia los precios en el sistema y se queda con las propinas. Amenaza a los empleados. Tengo pruebas. Si hablo, lastimará a mi hermano, Diego. Si conocen a alguien que pueda ayudar, por favor. —M.
Leo lo releyó. Sintió un calor seco subirle a la garganta. No era solo un fraude contra su negocio; era la perversión de un lugar que había querido que fuera su refugio.
Y era violencia: una amenaza contra un niño que solo sabía su nombre. Diego. La palabra se le pegó al paladar como un pedazo de tortilla.
Cuando Mauela regresó con el taco, Leo le sostuvo la mirada. Parpadeó rápidamente, una vez, como si esa fracción de segundo pudiera ser un diálogo completo. Luego dijo con voz normal:
-¿Algo más?
—Así que —respondió, tragando saliva—. Gracias.
El primer bocado tenía todo lo que prometía: carne jugosa, maíz caliente, lima recién exprimida. Pero no sabía a nada. El billete le pesaba en el bolsillo de la camisa como una piedra mojada. Observó.
Si alguna vez había sido buen lector de personas, ahora lo ponía a prueba: manos tensas cuando Roberto se acercaba; restos de naipes que desaparecían; una familia discutiendo en voz baja sobre una cuenta con "tres refrescos" que juraba haber pedido.
Había un patrón, y los patrones, según su experiencia, siempre conducían a las mismas puertas.
