Había pasado un año desde que el mundo de Julián se detuvo. Cada mañana, veía a su hija, Clara, subir con dificultad al autobús escolar, apoyada en sus muletas tras aquel "accidente" que nadie terminaba de explicar. Pero ese día, algo fue diferente.
Julián no debía estar allí, pero el presentimiento le quemaba el pecho. Cuando el autobús se detuvo, no vio la habitual sonrisa de Clara. Lo que vio fue a su hija cayendo bruscamente sobre el asfalto, sus libros desparramados y sus muletas rodando lejos de su alcance. Sus gritos de dolor rompieron el silencio de la calle.
Julián salió corriendo de su coche, el corazón a punto de estallar. Pero antes de llegar a ella, la puerta del autobús se abrió con violencia.
En el umbral no estaba el conductor de siempre. Estaba la Directora Miller, con el rostro desencajado por una furia inhumana. Señaló a la niña caída con un dedo acusador mientras gritaba palabras que Julián apenas podía procesar: "¡Tú no perteneces aquí! ¡Deja de fingir antes de que sea tarde!".
Julián se detuvo en seco. La mirada de la directora no era de auxilio, sino de pánico puro. Fue entonces cuando Clara, con lágrimas en los ojos, susurró algo que lo cambió todo: "Papá, ella estaba en la tumba de mamá... ella tiene su collar".
El "miedo paralizante" que Julián sintió meses atrás al visitar la tumba de su primera esposa volvió a golpearlo. La fotografía en la lápida que tanto lo había asustado no era de su mujer fallecida; era una foto de la Directora Miller, veinte años más joven, abrazando al hombre que causó el accidente de Clara.
Ahora lo entendía. No fue un accidente. La directora estaba borrando los rastros de un pasado oscuro, y Clara era el último testigo vivo que podía identificarla.
