—Soldado Morales, al frente.
Di un paso adelante.
—Su misión encubierta termina ahora —anunció la general—. Ante ustedes no está una recluta, sino la Teniente Coronel Rebeca Torres.
El rostro de Cárdenas se desmoronó.
—Agentes, procedan —ordené.
Las esposas cerrándose fueron el sonido más limpio del desierto.
Meses después, regresé al Campo de Adiestramiento “La Culebra”. El calor seguía siendo implacable, el sol de Sonora no había aprendido a ser indulgente con nadie. Pero algo era distinto. El aire ya no pesaba. No había miedo escondido en las miradas, ni silencios tensos en las filas.
Los nuevos mandos caminaban entre los soldados con firmeza y respeto. Lucía y Miguel, aho
Mi cabello corto comenzaba a crecer de nuevo. No lo llevaba
Miré la bandera mexicana ondeando contra el cielo azul, y comprendí que todo había valido la pena. Cada insulto, cada castigo injusto, cada mechón de cabello que cayó al suelo del desierto.
Porque ese día quedó claro algo que nadie en esa base volvería a olvidar:
