El Sargento Primero Eduardo Cárdenas creyó que estaba humillando a una simple recluta en el desierto de Sonora, sin saber que en realidad estaba firmando su propia sentencia frente a una oficial superior infiltrada.

Se detuvo frente a mí.

—Morales —escupió—. ¿Qué chingados es esto?

Señaló mis botas, perfectamente limpias.

—Son mis botas, mi sargento —respondí, mirando al frente.

—¿Tus botas? —rió—. Eso no sirve ni para pisar este suelo patrio. ¿Así defienden la nación en Zacatecas? ¿O allá solo saben pedir apoyos del gobierno?

El grupo se tensó.

—¡Al suelo! ¡Veinte lagartijas! ¡Y agradécele al piso por aguantarte!

Obedecí. El concreto quemaba. No sentía cansancio, sentía rabia. No por mí, sino por lo que él representaba: la corrupción del uniforme.

Días después, me convirtió en su objetivo. Me mandó a limpiar letrinas con un cepillo de dientes. Castigó a toda la sección por mis “errores”. Intentó aislarme. Algunos dudaron… hasta que entendieron que yo era solo la excusa.

—Tu país no te necesita —me dijo una tarde.

Esa frase dolía porque era la misma que había repetido a otros antes que a mí.

El viernes llegó la inspección de uniformidad. Mi uniforme estaba impecable. No había motivo.

Cárdenas se colocó detrás de mí.