El Sargento Primero Eduardo Cárdenas creyó que estaba humillando a una simple recluta en el desierto de Sonora, sin saber que en realidad estaba firmando su propia sentencia frente a una oficial superior infiltrada.

Los rumores habían llegado hasta oficinas en Lomas de Sotelo, en Ciudad de México: abusos, castigos ilegales, extorsiones disfrazadas de “multas”, humillaciones sistemáticas. Pero los informes oficiales siempre estaban limpios. El miedo es un excelente borrador.

Necesitaban a alguien invisible.
Alguien como “la pobre chica de Zacatecas”.

El Sargento Primero Cárdenas patrullaba la formación como un dueño de hacienda. A sus treinta y ocho años, su cuerpo fuerte ocultaba una mente corroída por el poder. Sus ojos buscaban debilidad como un buitre.

—¡Firmes! —gritó.