El Sargento Primero Eduardo Cárdenas creyó que estaba humillando a una simple recluta en el desierto de Sonora, sin saber que en realidad estaba firmando su propia sentencia frente a una oficial superior infiltrada.

El calor en el Campo de Adiestramiento “La Culebra”, en las afueras de Hermosillo, no era solo una temperatura: era una presión viva que se te pegaba al cuerpo y te aplastaba contra la tierra seca. A las seis de la mañana, el sol ya caía con violencia sobre los barracones de concreto, y el aire olía a polvo, sudor viejo y diésel. Nada crecía allí excepto la disciplina… y el miedo.

Yo era la soldado Jessica Morales, veintiséis años, originaria de un pueblo olvidado de Zacatecas, supuestamente sin estudios ni futuro. Ajusté mis botas con torpeza calculada, dejando que mis manos parecieran inseguras, siempre un segundo más lentas que las demás. Mi cabello estaba recogido en un chongo reglamentario, pero ligeramente desordenado, como el de alguien que aún no entiende la rigidez militar.

—Apúrate, Jess —susurró Lucía Hernández, mi compañera de litera, una chica de diecinueve años de Oaxaca—. Hoy el sargento viene con ganas de destrozar a alguien.

—Ya voy… —respondí, fingiendo ansiedad.

Por dentro, la Teniente Coronel Rebeca Torres, oficial de inteligencia del Ejército Mexicano, con operaciones encubiertas en Centroamérica y misiones conjuntas con fuerzas internacionales, observaba todo con frialdad clínica. Nadie en esa base sabía que la recluta torpe que corría última podía cerrar una instalación militar con una sola llamada cifrada a SEDENA.

Mi misión era clara y brutal: convertirme en la víctima perfecta.

Durante seis semanas había vivido como Jessica. Había estudiado expedientes de soldados que abandonaron la instrucción básica, imitado sus miedos, su postura encorvada, su silencio aprendido. Había enterrado mi orgullo —ese orgullo mexicano que te obliga a aguantar— porque aquí tenía que morir para que la verdad saliera viva.