Todos en el centro de Chicago conocían a Evelyn Carter, no porque fuera millonaria, sino porque se sentaba todas las tardes en su silla de ruedas motorizada frente a su cafetería con fachada de cristal, contemplando la calle que una vez dominó a pie.

A los cuarenta y seis años, Evelyn había creado una empresa de distribución de alimentos desde cero, y tres años antes había perdido el uso de las piernas tras un accidente de carretera. Los médicos lo llamaron "parálisis incompleta".
Los abogados lo dieron por resuelto. Y la propia Evelyn lo llamó el final.
Esa tarde, la cafetería estaba cerrando. Un camarero sacó una pequeña bolsa de sándwiches intactos y la colocó junto a la basura.
Antes de que Evelyn pudiera apartar la mirada, un chico delgado se adelantó. Tenía unos doce años, era negro, calzaba zapatillas con suelas partidas y una sudadera con capucha que le quedaba grande.
"Señora", dijo en voz baja, con la vista fija en la comida, "¿puedo quedarme con las sobras?".
Evelyn asintió. "Lléveselas. Todas".
El chico dudó, y luego la sorprendió. “Puedo hacer algo por ti”, dijo. “A cambio”.
Ella sonrió, cansada pero educada. “Cariño, no necesito nada”.
Señaló sus piernas. “Creo que puedes volver a caminar”.
