EL MULTIMILLONARIO RICARDO LANDA PENSÓ QUE TENÍA EL DIVORCIO GANADO AL ENTRAR AL TRIBUNAL CON SU AMANTE Y UNA SONRISA BURLONA, PERO SE CONGELÓ DE TERROR CUANDO EL JUEZ ABRIÓ EL SOBRE QUE SU ESPOSA MANTUVO EN SECRETO DURANTE MESES: UNA VERDAD DEVASTADORA QUE DESTRUIRÍA SU IMPERIO Y SU EGO PARA SIEMPRE.

Sacó su teléfono y marcó un número.
—¿Javier? Hola, soy Camila… Sí, Camila Hartwell. Estoy lista. Sí, ya tengo el espacio. Quiero empezar la remodelación el lunes. No, nada lujoso. Quiero paredes blancas, luz perfecta y piso de madera pulida. Quiero que el arte hable, no la decoración.

Colgó y caminó por el espacio, imaginando los cuadros. No quería traer a los artistas de moda que Ricardo compraba solo para presumir precios. Quería traer artistas reales. Mujeres olvidadas, jóvenes talentos de Oaxaca, escultores que trabajaban con basura reciclada. Arte con dolor, con historia. Arte como su vida.

Su teléfono sonó de nuevo. Era Benítez.
—Camila, buenos días. ¿Cómo amaneciste?

—Muy bien, Horacio. ¿Novedades?

—Varias. Y muy efectivas —la voz de Benítez sonaba complacida—. El embargo se ejecutó a la perfección. Ricardo intentó pagar su desayuno con el reloj en el St. Regis. Me llamó el gerente para confirmar si el reloj también estaba embargado. Le dije que técnicamente es un bien mueble sujeto a la sociedad conyugal, así que lo retuvieron.

Camila soltó una pequeña risa. No de crueldad, sino de incredulidad.
—¿Está en la calle?

—Técnicamente, sí. Sus cuentas personales están en cero. Las de la empresa están bloqueadas para él. Y tengo noticias de la Fiscalía. La denuncia por administración fraudulenta que interpuso el Consejo de Lang Tech avanza rápido. Parece que Ricardo no era muy listo ocultando sus huellas. Usó la IP de su casa para hacer transferencias a las cuentas de Isa.

—Qué torpe —murmuró Camila.

—La arrogancia vuelve torpe a la gente inteligente, Camila. Creen que nadie se atreverá a revisarlos. En fin, te llamo para decirte que es probable que intenten contactarte. Él, o algún abogado de oficio si es que no consigue uno privado. Mi recomendación: no contestes. Todo a través de mí.

—No te preocupes, Horacio. No tengo nada que decirle.

Colgó. Se quedó un momento mirando el teléfono.
Una parte de ella, la parte que lo había amado durante quince años, sentía una punzada de lástima. Recordaba al Ricardo joven, al que tenía miedo de fracasar. Ahora ese miedo se había hecho realidad.
Pero luego recordó a Bella preguntando si ella seguía siendo la favorita de papá. Recordó a Ricardo entrando al tribunal con Isa, riéndose.
La lástima se evaporó.

Camila salió de la casona y cerró la puerta con doble llave. Caminó hacia una cafetería cercana, se sentó en una mesa al exterior y pidió un capuchino. Sacó su libreta y empezó a dibujar el plano de la galería.
“Exposición Inaugural: Lo que queda después del fuego“.
Sería un éxito. Lo sabía.

Mientras tanto, la situación de Ricardo pasaba de desesperada a humillante.
Después de ser rechazado en su edificio, intentó ir a casa de su madre, en la colonia Del Valle. Su madre, Doña Tere, era una mujer sencilla que nunca había entendido del todo el mundo de su hijo, pero que lo adoraba.

Llegó en taxi (había conseguido que un taxista lo llevara prometiéndole pagarle al llegar, una mentira más). Al llegar a la casa pequeña y acogedora donde creció, vio un auto estacionado afuera.
La camioneta de Camila.

Ricardo se congeló. ¿Qué hacía ella ahí?
Se acercó sigilosamente a la ventana de la sala.
Ahí estaba Camila, sentada en el sofá con Doña Tere. Ambas tomaban café. Doña Tere estaba llorando, y Camila le sostenía la mano con ternura.

Ricardo aguzó el oído.
—…lo siento mucho, Tere. Yo no quería que te enteraras por la televisión —decía Camila.

—Ay, mija —sollozaba su madre—. Yo siempre supe que ese dinero lo estaba cambiando. Se volvió duro. Se olvidó de dónde venía. Pero negar a sus hijos… eso no tiene perdón de Dios. Esos niños son mis nietos.

—Y siempre lo serán, Tere. Usted siempre será su abuela. Ricardo puede dejar de ser mi esposo, pero usted nunca dejará de ser mi familia. Le prometo que no le va a faltar nada. Yo me voy a encargar de sus medicinas y de la casa.

—Gracias, hija. Eres un ángel. No sé qué bicho le picó a mi hijo.

Ricardo sintió una puñalada en el pecho más dolorosa que el embargo. Su madre. Su propia madre estaba del lado de Camila. Ni siquiera lo defendía.
Quiso entrar, quiso gritar, decirles que era un malentendido. Pero se vio reflejado en el vidrio de la ventana.
Vio a un hombre sudoroso, despeinado, con el traje manchado de café, con los ojos desorbitados. Parecía un vagabundo. Parecía su padre cuando llegaba borracho hace treinta años.

El terror lo paralizó. Se había convertido en lo que más odiaba.
No tuvo el valor de tocar el timbre.
Se dio la vuelta y corrió. Corrió hasta que le faltó el aire.

ESCENA FINAL DEL CAPÍTULO: EL ENCUENTRO INESPERADO

La noche cayó sobre la Ciudad de México. Ricardo terminó sentado en una banca de la Alameda Central, en el centro de la ciudad. Era un lugar democrático, donde se mezclaban turistas, enamorados y gente sin hogar. Ricardo encajaba peligrosamente bien en la última categoría.

Tenía hambre. Mucha hambre. No había comido nada desde el desayuno fallido.
Vio un puesto de esquites. El olor a elote, epazote y mayonesa le revolvió el estómago de antojo. Se acercó.
—¿Cuánto cuesta un vaso? —preguntó.
—Treinta pesos, joven —dijo la señora.

Ricardo buscó en sus bolsillos. Tenía veinticinco pesos en monedas.
—Solo tengo veinticinco. ¿Me lo das así?
La señora lo miró. Vio el traje caro pero sucio. Vio la desesperación.
—Ándele pues. Pero sin queso.

Ricardo tomó el vaso caliente. El primer bocado le supo a gloria. Se sentó en la banca de nuevo, comiendo con ansiedad.
De repente, sintió una presencia frente a él. Alguien estaba parado, bloqueándole la vista de la Torre Latinoamericana.

Levantó la vista.
Era Isa.

Pero no era la Isa glamurosa del tribunal. Llevaba unos jeans rotos (no de diseño), una sudadera gris enorme y el cabello recogido en una coleta mal hecha. No llevaba maquillaje y se le veían ojeras profundas.
Se miraron en silencio. Dos náufragos en la misma isla desierta.

—Te ves de la mierda, Ricardo —dijo Isa, con voz ronca.

—Tú tampoco te ves muy bien, Isa —respondió él, limpiándose un grano de elote de la comisura de los labios.

Isa se sentó en el otro extremo de la banca, manteniendo distancia.
—Javi no me dejó entrar a su casa. Me dijo que si el bebé no era suyo, me mataba. Y si era suyo, no tenía con qué mantenerlo. Estoy durmiendo en un hostal de mala muerte aquí cerca.

—Me embargaron todo —dijo Ricardo, mirando su vaso vacío—. No tengo ni para un taxi.

—Lo sé. Lo vi en Twitter. Eres el hazmerreír nacional.

Se quedaron callados unos minutos, viendo pasar a la gente. La ironía era brutal. Hacía 48 horas estaban planeando viajes a Europa y compras en Chanel. Ahora compartían una banca en la Alameda.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Isa de repente, con lágrimas en los ojos—. Que Camila tenía razón.

Ricardo giró la cabeza.
—¿De qué hablas?

—Ella me lo advirtió una vez. Hace un año, en una fiesta. Me la encontré en el baño. Yo pensé que me iba a gritar. Pero solo me miró y me dijo: “Ten cuidado con lo que deseas, niña. Ricardo es un hombre que ama el brillo, pero cuando el brillo se apaga, no sabe qué hacer con la oscuridad”.

Isa se limpió una lágrima.
—Yo quería tu brillo, Ricardo. Quería tu dinero, tus viajes, tu poder. Pero ahora que estás apagado… eres un hombre muy pequeño. Y yo soy una estúpida por haber creído que eras un premio.

Ricardo sintió la ira subir de nuevo.
—Yo te hice, Isa. Tú no eras nadie antes de mí.

—Y no soy nadie ahora —replicó ella—. Pero al menos yo sé que soy una interesada. Tú… tú te creías un dios. Y mira dónde estás. Comiendo esquites fiados.

Isa se levantó.
—Me voy. Voy a ir a casa de mis papás en Toluca. Voy a decirles la verdad. Que la cagué. Que estoy embarazada de un instructor de gym y que perdí dos años de mi vida con un viejo ridículo. Prefiero su regaño que tu compañía.

—¡Espera! —Ricardo se levantó—. ¿Te vas? ¿Me vas a dejar aquí? ¡Tengo frío! ¡No tengo a dónde ir!

Isa lo miró con una frialdad que le recordó dolorosamente a Camila.
—Pues llama a tu esposa, Ricardo. Ah, no, espera… ella ya no es tu esposa. Suerte con eso.