EL MULTIMILLONARIO RICARDO LANDA PENSÓ QUE TENÍA EL DIVORCIO GANADO AL ENTRAR AL TRIBUNAL CON SU AMANTE Y UNA SONRISA BURLONA, PERO SE CONGELÓ DE TERROR CUANDO EL JUEZ ABRIÓ EL SOBRE QUE SU ESPOSA MANTUVO EN SECRETO DURANTE MESES: UNA VERDAD DEVASTADORA QUE DESTRUIRÍA SU IMPERIO Y SU EGO PARA SIEMPRE.

Se sentaron en la sala. Benítez abrió el folder.
—Es la solicitud de embargo precautorio de los bienes personales de Ricardo. Casas, autos, colección de arte. Si no lo presentamos hoy, mañana a primera hora sus acreedores se le van a echar encima. El banco, la empresa, Hacienda… todos van a querer un pedazo de él. Si firmamos esto, aseguramos el patrimonio de Diego y Sofía primero. Nos ponemos al frente de la fila.

Camila miró el documento. Era el golpe final. Si firmaba eso, Ricardo se quedaría, literalmente, en la calle. Sin casa, sin autos, sin nada.

Recordó a Ricardo cuando eran novios, comiendo tacos en la calle, llenos de sueños. Recordó al Ricardo que lloró cuando nació Diego.
Y luego recordó al Ricardo que entró al tribunal con Isa, riéndose, dispuesto a declarar bastardos a sus hijos.

—¿Dónde firmo? —preguntó Camila.

Benítez le señaló la línea punteada.
Camila firmó con pulso firme.

—Perfecto —dijo Benítez, cerrando la carpeta—. Con esto, bloqueamos sus cuentas personales mañana a las 9:00 AM. Cuando intente pagar su desayuno, no va a poder.

—Gracias, Horacio. De verdad.

—No me agradezca. Usted hizo el trabajo difícil. Usted aguantó. —Benítez se levantó—. Bueno, me voy. La pizza es de pepperoni, espero que les guste a los niños.

Cuando Benítez se fue, Camila subió las escaleras con la caja de pizza.
Entró al cuarto de Diego. Sofía ya estaba ahí, viendo una película en la tele con su hermano.
—Chicos —dijo Camila—. Pizza nocturna.

Los ojos de Diego se iluminaron por primera vez en el día. Sofía saltó de la cama.
Se sentaron los tres en el suelo, comiendo pizza directamente de la caja, riéndose de una comedia tonta en la televisión.
Afuera, la tormenta rugía. Ricardo estaba solo, Isa estaba arruinada, y el imperio Landa ardía en llamas.
Pero adentro de esa habitación, por primera vez en años, había paz.

Y Camila supo, mientras veía a sus hijos reír con la boca llena de queso, que la verdadera victoria no era el dinero, ni la venganza.
La verdadera victoria era que ellos tres seguían de pie.

CAPÍTULO 3: El Crédito Denegado y el Renacimiento en La Roma
La mañana siguiente al juicio no amaneció; simplemente estalló. Para Ricardo Landa, el despertar fue una experiencia desorientadora. Abrió los ojos y no reconoció el techo. No era el estuco veneciano de su mansión en Las Lomas, ni el acabado industrial de su penthouse de soltero en Santa Fe. Era un techo blanco, genérico, con un detector de humo parpadeando una luz roja molesta.

Se incorporó de golpe, con la cabeza palpitando como si tuviera un taladro dentro. Estaba en una suite del Hotel St. Regis. Recordó vagamente haber llegado ahí la noche anterior, después de ser expulsado de su propia empresa, con una botella de whisky que había robado del minibar de la sala de juntas.

Buscó su teléfono en la mesa de noche. Estaba apagado. Al encenderlo, el dispositivo vibró ininterrumpidamente durante tres minutos completos. Cientos de notificaciones. WhatsApps de socios, correos de abogados, alertas de Google News.
Pero hubo una notificación que sobresalió entre todas. Una alerta de su aplicación bancaria: American Express Centurion: Tarjeta Bloqueada por orden judicial.

Ricardo sintió un frío en el estómago. “Debe ser un error”, pensó. “Benítez no es tan rápido”.

Se levantó, se duchó con agua helada para intentar quitarse el olor a fracaso y se vistió con la misma ropa del día anterior. No tenía equipaje. No tenía nada. Bajó al lobby con la intención de pedir un desayuno abundante antes de ir a gritarle a alguien.

El restaurante del hotel estaba lleno de ejecutivos desayunando. Ricardo notó cómo varias cabezas se giraban al verlo entrar. Ya no lo miraban con respeto o envidia. Lo miraban con esa curiosidad morbosa con la que se mira un accidente de tráfico en la carretera. Escuchó murmullos.
—Es él… el del ADN.
—Dicen que está en bancarrota.
—Qué vergüenza.

Ricardo apretó la mandíbula y se sentó en una mesa apartada. Pidió café negro y huevos benedictinos. Cuando terminó, pidió la cuenta.
—Cárguelo a la habitación 402 —dijo con su voz de mando habitual.

El mesero, un joven amable, regresó dos minutos después con una expresión de incomodidad profunda.
—Disculpe, Señor Landa. El sistema no nos permite cargar a la habitación. Al parecer, la tarjeta que dejó en garantía al hacer el check-in ha sido rechazada esta mañana.

—Imposible —Ricardo soltó una risa nerviosa—. Es una tarjeta sin límite. Inténtelo de nuevo.

—Ya lo intentamos tres veces, señor. Código 05: Denegar. Retener tarjeta.

Ricardo sintió que la sangre se le subía a la cara.
—Tenga —sacó su cartera de piel de cocodrilo y extrajo una Visa Platinum de otro banco—. Use esta.

El mesero se fue y regresó aún más rápido.
—Lo siento mucho, señor. También declinada. “Fondos congelados”.

El silencio en el restaurante se hizo más denso. La gente en las mesas cercanas había dejado de comer para observar el espectáculo. El gran Ricardo Landa, el hombre que salía en las portadas de revistas de negocios, no podía pagar unos huevos de trescientos pesos.

—Esto es ridículo —Ricardo se levantó, tirando la servilleta—. Es un error del banco. Voy a llamar ahora mismo.

—Señor —el gerente del restaurante apareció de la nada, bloqueándole el paso suavemente—. Entendemos que pueda haber un error administrativo, pero las políticas del hotel son estrictas. Necesitamos que liquide la cuenta del desayuno y la estancia de anoche antes de retirarse. Son dieciocho mil pesos.

Ricardo se buscó en los bolsillos. Sacó un billete de quinientos pesos arrugado y unas monedas. Era todo el efectivo que tenía. Siempre vivía a crédito, confiando en el plástico mágico que abría todas las puertas.
—No traigo efectivo. Déjeme ir a mi oficina y le mando un cheque.

El gerente negó con la cabeza, manteniendo la sonrisa profesional pero firme.
—Me temo que no podemos hacer eso. Si no puede pagar, tendremos que llamar a seguridad… y a la policía.

La palabra “policía” golpeó a Ricardo como una bofetada. ¿A él? ¿Arrestarlo por no pagar un desayuno?
Miró a su alrededor, buscando una cara amiga. Vio a Luis, un antiguo socio de Lang Tech, sentado dos mesas atrás.
—¡Luis! —llamó Ricardo—. Luis, hermano. Tengo un problema con las tarjetas. ¿Me puedes cubrir? Te lo transfiero en una hora.

Luis bajó la mirada a su plato de fruta. No respondió. No se movió. Simplemente fingió que Ricardo no existía. Era la muerte social en directo.

Finalmente, Ricardo tuvo que hacer lo impensable. Se quitó el reloj de la muñeca. Un Patek Philippe Nautilus de oro rosa, valorado en más de cien mil dólares.
—Tome —se lo extendió al gerente—. Esto vale más que todo su miserable hotel. Quédese con él como garantía.

El gerente miró el reloj, luego miró a Ricardo con lástima.
—Señor, no somos una casa de empeño. Pero… aceptaré esto como depósito temporal hasta las 2:00 PM. Si no regresa con el dinero, llamaremos a las autoridades.

Ricardo salió del hotel corriendo, sin mirar atrás, sintiendo la muñeca desnuda y ligera. Sin reloj, sin dinero, sin dignidad. Salió a Paseo de la Reforma y el sol le quemó los ojos. Por primera vez en su vida adulta, tuvo que caminar. Caminar entre la gente común, entre los oficinistas que iban a sus trabajos, entre el ruido y el smog.
Se dirigió a su departamento de “soltero” en Polanco, el lugar donde se había refugiado con Isa tantas veces. Ahí tenía una caja fuerte con efectivo. Dólares, euros, centenarios. Su fondo de emergencia.

Llegó al edificio de lujo en la calle Tres Picos. El conserje, Don Beto, que siempre lo saludaba con una reverencia, esta vez se interpuso en la puerta de cristal.

—Buenos días, Don Beto. Ábrame —ordenó Ricardo, jadeando por la caminata.

—Lo siento, Ingeniero Landa. No puedo dejarlo pasar.

—¿De qué hablas? ¡Es mi departamento! ¡Soy el dueño del penthouse!

—Era, ingeniero —Don Beto señaló un papel pegado en el cristal de la puerta. Un sello oficial de la Fiscalía General de Justicia y del SAT—. Vinieron hoy a las seis de la mañana. Embargo precautorio. Cambiaron las cerraduras y pusieron sellos. Dijeron que nadie entra, ni usted. Especialmente usted.

Ricardo leyó el papel. “Aseguramiento de Inmueble. Causa Penal: Fraude Genérico y Administración Fraudulenta. Denunciante: Lang Tech Solutions y Fideicomiso Familiar Landa“.
Camila. Y Eugenio. Se habían aliado. Lo habían cazado como a un animal.

Ricardo golpeó el cristal con el puño.
—¡Mis cosas! ¡Mi ropa! ¡Mi dinero!

—Lo siento, ingeniero. Si sigue gritando, los vecinos se van a quejar y tendré que llamar a la patrulla.

Ricardo retrocedió. Estaba acorralado en la calle más cara de México, sin un peso en la bolsa. Se sentó en la banqueta, junto a una jardinera perfectamente podada. Sacó su teléfono. Tenía que llamar a alguien. A quien fuera.
Marcó el número de Isa. Sabía que era patético, pero tal vez ella tenía algo de efectivo que él le había dado.

—El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio.

Isa había cambiado de número. Por supuesto. Las ratas son las primeras en abandonar el barco.

Mientras Ricardo vivía su descenso a los infiernos en Polanco, Camila caminaba por una calle arbolada de la colonia Roma Norte, a diez kilómetros de distancia, pero en una realidad completamente diferente.

El aire olía a café tostado y a pan recién horneado. Camila llevaba unos jeans, tenis blancos y una camisa de lino. Se sentía ligera. Había dormido ocho horas seguidas por primera vez en años.

Se detuvo frente a una casona antigua, de estilo afrancesado, con la pintura un poco desgastada pero con una estructura magnífica. Grandes ventanales, techos altos, balcones de herrería.
En la fachada había un letrero pequeño y discreto: “Se Renta”.

Camila sacó unas llaves de su bolso. No las había rentado ese día. Había rentado el lugar hacía tres meses, en secreto, usando el dinero que le había heredado su abuela y que Ricardo nunca pudo tocar porque estaba en una cuenta mancomunada con su madre.

Abrió la puerta de madera pesada y entró.
El espacio estaba vacío, lleno de polvo y luz. El sol entraba a raudales, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Olía a madera vieja y a trementina.

—Hola —dijo Camila a la nada. Su voz resonó en las paredes vacías.

Este iba a ser su refugio. No, no un refugio. Su trinchera.
“Galería Hartwell”. Usaría su apellido de soltera. Camila Hartwell. La experta en arte que había dejado su carrera prometedora para criar a los hijos de un hombre que no la merecía.