Y así nació el plan del sobre amarillo.
DE VUELTA AL TRIBUNAL: LA SALIDA
El recuerdo se disipó cuando Camila sintió la mano de su abogado en el hombro.
—Vámonos, Camila. Por la puerta de atrás para evitar a la mayoría, aunque creo que hoy quieres que te vean.
Camila asintió. Se levantó, alisándose el vestido.
Ricardo seguía sentado, con la mirada perdida. Isa seguía llorando en la esquina, pero ahora hablaba por teléfono, probablemente gritándole al tal Javi.
Camila comenzó a caminar hacia la salida. Sus pasos resonaban firmes.
Cuando pasó cerca de la mesa de Ricardo, él pareció despertar. Se levantó de un salto, tirando la silla de nuevo.
—¡Camila! —gritó.
Los alguaciles se tensaron, pero no intervinieron todavía.
Camila se detuvo. No se giró completamente, solo lo suficiente para que él viera su perfil.
Ricardo corrió hacia ella, ignorando a su abogado que le decía “¡No, Ricardo, cállate!”. Llegó hasta ella, jadeando, con los ojos inyectados en sangre y locura.
—Tú lo sabías —siseó Ricardo, bajando la voz para que solo ella lo escuchara—. Tú sabías que ese bastardo no era mío. ¿Cuánto tiempo lo supiste?
Camila giró lentamente. Lo miró con una calma que a él le pareció aterradora.
—Lo sé desde hace cuatro meses, Ricardo. Desde antes de que presentaras la demanda.
Ricardo se puso rojo. Las venas de su cuello se hincharon.
—¿Y no me dijiste? ¡Me dejaste hacer el ridículo! ¡Me dejaste poner mi nombre, mi empresa, mi reputación en juego por una puta mentira! ¿Por qué no me detuviste? ¡Soy tu esposo, maldita sea!
Camila soltó una risa suave, triste.
—¿Mi esposo? Ricardo, tú dejaste de ser mi esposo el día que le dijiste a nuestros hijos que te ibas a vivir a un hotel porque “necesitabas espacio”, cuando en realidad te ibas a vivir con ella. Dejaste de ser mi esposo cuando empezaste a gastar el dinero de su fideicomiso universitario en bolsas Chanel para ella.
—¡Yo puedo reponer ese dinero! —interrumpió él—. ¡Pero esto… esto es traición! ¡Me humillaste frente a todo México!
Camila dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal por primera vez en años.
—No, Ricardo. Yo no te humillé. Yo solo te dejé ser tú mismo. Tú solito pediste la prueba de ADN. Tú solito llamaste a la prensa. Tú solito dijiste que Diego y Sofía no se parecían a ti porque eran “demasiado suaves”.
Sus ojos brillaron con lágrimas no derramadas, pero de furia.
—Querías borrar a mis hijos, Ricardo. Querías negar tu sangre porque te estorbaban para tu nueva vida de soltero millonario. Eso no te lo voy a perdonar nunca. Podías haberme engañado con mil mujeres, podías haberte gastado la fortuna… pero ¿negar a tus hijos? Eso te convierte en algo menos que un hombre.
—Cami, por favor… —La voz de Ricardo se quebró. De repente, la ira desapareció y quedó el pánico. Se dio cuenta de que estaba solo. Isa era un fraude. Sus abogados lo miraban con lástima. Y Camila… Camila se estaba yendo—. Podemos arreglar esto. Podemos hablar en la casa. Voy a correr a Isa. La voy a destruir. Pero no me hagas esto. No me quites a los niños.
Camila negó con la cabeza.
—La casa ya no es tu casa, Ricardo. El juez me dio el uso exclusivo del domicilio conyugal hasta que se liquide la sociedad. Tienes 24 horas para sacar tus cosas. Y te sugiero que mandes a alguien, porque si te veo ahí, llamo a la policía.
Camila se dio la vuelta y siguió caminando.
Ricardo intentó seguirla, pero dos alguaciles se interpusieron en su camino.
—Señor Landa, mantenga su distancia.
Ricardo vio cómo la mujer que había ignorado durante años, la mujer que consideraba un accesorio aburrido, salía por las puertas dobles de caoba.
Y entonces, se dio cuenta de algo peor.
Los periodistas estaban transmitiendo en vivo.
Todo lo que acababa de pasar, cada gesto, cada grito, cada súplica patética… todo estaba ya en Twitter, en TikTok, en Facebook.
Sacó su celular con manos temblorosas. Abrió Twitter (X).
Tendencia número 1 en México: #LordADN.
Tendencia número 2: #CamilaLandaReina.
Tendencia número 3: #ElBebéNoEsSuyo.
Había un video circulando. Un video de Isa en el suelo y él gritando. Los comentarios eran brutales.
“Jajaja, qué bueno que se lo chingaron por ojete.”
“La esposa es una dama, él es un patán.”
“Se le cayó el teatro al emprendedor del año.”
Ricardo Landa se dejó caer en una banca del pasillo. Isa seguía llorando al fondo, pero él ya no la oía. Solo escuchaba el sonido de su imperio resquebrajándose.
EL ESTALLIDO MEDIÁTICO
Camila salió del edificio por una puerta lateral que daba a la calle Niños Héroes. Su abogado había pedido un Uber Black para evitar la camioneta de la prensa, pero algunos periodistas, como tiburones que huelen sangre a kilómetros, ya estaban ahí.
—¡Señora Landa! ¡Señora Landa! —gritó una reportera de un programa matutino famoso, corriendo con el micrófono en la mano—. Solo una pregunta. ¿Qué siente al saber que su esposo… que su ex esposo, cayó en su propia trampa?
Benítez intentó bloquear el paso.
—Sin comentarios, por favor. Dejen pasar.
Pero Camila se detuvo.
El aire de la calle estaba contaminado, pero se sentía libre. Miró a la cámara. Su rostro, sin maquillaje pesado, se veía radiante bajo la luz dura del sol del mediodía.
Pensó en Diego, que tenía 14 años y seguramente vería esto en internet. Pensó en Sofía, de 12, que había llorado tantas noches preguntando por qué papá ya no la quería.
—¿Qué siento? —repitió Camila, mirando directamente al lente de la cámara—. Siento que la verdad siempre es más barata que una mentira. Mi esposo pagó millones para construir una mentira. A mí solo me costó un sobre amarillo demostrar la verdad.
—¿Se arrepiente de algo? —preguntó otro reportero.
Camila sonrió. Esa sonrisa leve, enigmática, que se convertiría en un meme de empoderamiento femenino en las próximas horas.
—Sí. Me arrepiento de haber tardado tanto en darme cuenta de que yo valía más que su dinero.
Se subió al auto y cerró la puerta.
Mientras el auto se alejaba del centro de la ciudad, rumbo a la seguridad de Las Lomas, Camila sacó su celular.
Tenía 150 llamadas perdidas. De su madre, de sus amigas que la habían abandonado cuando Ricardo las “invitó” a dejarle de hablar, de socios de Ricardo.
Apagó el teléfono.
Miró por la ventana. La ciudad pasaba rápido. El Ángel de la Independencia brillaba a lo lejos.
Se sentía extraña. No estaba feliz. No había alegría en destruir al padre de tus hijos. Había dolor, un dolor profundo y sordo. Pero debajo del dolor, había cimientos. Cimientos nuevos sobre los que podía volver a construir.
Había recuperado su nombre. Ya no era “la esposa de Ricardo Landa”. Era Camila.
Y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no le daba miedo.
Mientras tanto, en la sala del tribunal, Ricardo Landa seguía sentado en la banca. Su abogado, Castañeda, se le acercó con el rostro serio.
—Licenciado Landa, tenemos un problema.
—¿Más? —murmuró Ricardo.
—Las acciones de Lang Tech han caído un 12% en la última hora. Los inversionistas están convocando a una junta de emergencia. Dicen que su “conducta errática y falta de juicio” compromete la seguridad de la empresa.
Ricardo soltó una risa histérica.
—¿Falta de juicio? Soy un genio.
—Era un genio, señor —dijo Castañeda fríamente, guardando sus cosas—. Ahora es un meme. Y si me disculpa, tengo que ir a redactar mi renuncia. No puedo representar a alguien que me miente sobre pruebas biológicas. Con permiso.
Ricardo se quedó solo en el pasillo vacío del tribunal, bajo la luz fluorescente parpadeante, mientras el eco de los pasos de su esposa alejándose seguía resonando en su cabeza.
PARTE 2: EL DERRUMBE
CAPÍTULO 3: El Juicio de la Opinión Pública y la Junta de los Lobos
La salida del Tribunal Superior de Justicia no fue una retirada; fue una carnicería mediática. Si Ricardo Landa pensó que la seguridad del edificio podría contener a la prensa, subestimó el hambre de escándalo de la Ciudad de México.
Apenas puso un pie en la escalinata exterior, el mundo se le vino encima. No eran solo reporteros; eran tiktokers, youtubers de chismes, y gente común que pasaba por ahí y se detenía al reconocer el caos. Los flashes no cesaban, cegándolo, desorientándolo.
—¡Ricardo! ¿Es cierto que el hijo es del instructor del gimnasio?
—¡Señor Landa! ¿Qué opina de los memes que lo comparan con Soraya Montenegro?
—¡Asesino de familias! —gritó una señora que vendía dulces en la banqueta, agitando una bolsa de papas fritas como si fuera un arma.
Ricardo intentó mantener la compostura. Se ajustó el saco, levantó la barbilla y buscó con la mirada su camioneta blindada. Pero la camioneta estaba bloqueada por un mar de gente. Su chofer, Beto, un ex militar leal, tocaba el claxon desesperadamente, pero nadie se movía.
—¡Muévanse, maldita sea! —gritó Ricardo, perdiendo por un segundo la máscara de frialdad—. ¡Beto, avanza!
—No puedo, jefe. Hay demasiada gente —se escuchó la voz de Beto por el auricular, tensa.
En ese momento, un vaso de café —probablemente un latte frío y pegajoso de alguna tienda de conveniencia— voló desde la multitud y aterrizó directamente en la solapa inmaculada de su traje Zegna de tres mil dólares. El líquido marrón manchó la seda gris y salpicó su camisa blanca.
El “Titán de la Tecnología” se quedó paralizado. Miró la mancha. Luego miró a la multitud. Se estaban riendo. No le temían. No lo admiraban. Se reían de él. En México, el poder te protege de la ley, pero nada te protege de la burla. Ser un corrupto es tolerable; ser un “cornudo” público que trató de humillar a una madre, es imperdonable.
Los guardaespaldas finalmente lograron abrir una brecha a empujones. Ricardo se metió en la camioneta como una rata huyendo de un naufragio. Cerró la puerta y el silencio hermético del vehículo blindado lo envolvió, pero el ruido en su cabeza era ensordecedor.
—A la oficina —ordenó, quitándose el saco manchado con asco y tirándolo al suelo—. Llévame a la torre en Reforma. Ahora.
Isa Monroe no subió a la camioneta. Ricardo ni siquiera se preocupó por ver dónde estaba. En su mente, ella ya no existía. Era un error de cálculo, un activo tóxico que había sido liquidado.
Mientras la camioneta de Ricardo luchaba por cruzar el tráfico de Avenida Juárez, en un ático de Lomas de Chapultepec, Camila entraba a su casa.
La casa estaba en silencio. Era una mansión moderna, de concreto y cristal, diseñada por un arquitecto de renombre que odiaba las cortinas. Siempre le había parecido fría, un museo más que un hogar. Pero hoy, al cerrar la puerta pesada de madera cumarú, sintió que el edificio exhalaba.
—¿Señora? —Era Magda, la ama de llaves, que llevaba con ellos diez años. Magda tenía los ojos rojos. Había estado llorando.
—Hola, Magda —dijo Camila, dejando su bolso en la entrada. Se sentía exhausta, como si hubiera corrido un maratón con tacones—. ¿Están los niños?
