Castañeda, el abogado de Ricardo, se puso de pie inmediatamente, proyectando su voz para que resonara en toda la sala.
—Su Señoría, estamos aquí no solo para disolver un vínculo matrimonial que ha perdido su propósito, sino para corregir un fraude. Mi cliente, el Señor Landa, ha sido víctima de un engaño continuado. Tenemos razones fundadas para creer que los menores, Diego y Sofía Landa, no son hijos biológicos de mi cliente. La señora Camila ha mantenido una conducta… cuestionable durante años. Solicitamos la prueba de ADN inmediata y la suspensión provisional de cualquier pensión alimenticia hasta que se aclare la paternidad.
El aire en la sala se puso denso. Era una acusación brutal. Decirle a una madre que sus hijos eran bastardos en una corte pública era la máxima ofensa.
Ricardo miró a Camila, esperando la reacción. Esperando el llanto, el grito, la indignación. “¡Mientes!”, debería estar gritando ella.
Pero Camila no se movió. Seguía mirando al juez, con esa expresión serena, casi aburrida, como si estuviera escuchando una clase de historia que ya se sabía de memoria.
El juez Montiel miró a Camila.
—Abogado de la defensa, ¿tiene algo que decir ante estas acusaciones?
El Licenciado Benítez se levantó. Era un hombre bajo, con un traje que le quedaba un poco grande y un bigote amarillo por el tabaco. Se ajustó los lentes y carraspeó. No tenía la voz potente de Castañeda. Hablaba bajito, como un abuelo contando un cuento.
—Su Señoría —dijo Benítez, ignorando completamente a Ricardo y a su equipo—. No nos oponemos a la prueba de ADN. De hecho, la señora Landa insiste en ella.
Ricardo arqueó una ceja. ¿Un bluff? ¿Estaba tratando de jugar al póker con él?
—Sin embargo —continuó Benítez, metiendo la mano en su viejo portafolios de cuero gastado—, para ahorrar tiempo valioso a este tribunal y al erario público, mi clienta se tomó la libertad de realizar pruebas certificadas por un laboratorio genético independiente de nivel 4, con cadena de custodia notariada.
Benítez sacó un sobre amarillo. Un sobre manila común y corriente, sellado con cinta roja de seguridad.
—Además —añadió el abogado, y por primera vez, su voz tuvo un filo metálico—, dentro de este sobre hay una segunda prueba de ADN. Una que el Señor Landa no solicitó, pero que es… crucial para entender el contexto de esta demanda.
Ricardo sintió que la sonrisa se le congelaba en la cara. ¿Segunda prueba? ¿De qué estaba hablando? Sus hijos eran Diego y Sofía. No había nadie más…
De repente, la mano de Isa sobre su brazo se tensó. Las uñas postizas de Isa se clavaron en la tela de su saco Zegna. Ricardo giró levemente la cabeza. Isa estaba pálida. El bronceado de Tulum parecía haberse evaporado, dejando una piel cerosa y sudorosa.
—Ricardo… —susurró ella, con un hilo de voz—. Dile que no. Dile que no pueden aceptar pruebas externas.
Ricardo frunció el ceño.
—¿De qué hablas? Es solo una táctica para retrasar.
—Licenciado Castañeda —intervino el juez Montiel, mirando el sobre que Benítez había depositado en su escritorio—. ¿Tiene objeción en que revise esta evidencia preliminar?
Castañeda titubeó. Miró a Ricardo. Ricardo asintió con arrogancia. “Déjalo que haga su show”, pensó. “No tienen nada”.
—Sin objeción, Su Señoría —dijo Castañeda—. Estamos seguros de que cualquier prueba científica validará nuestra postura.
El juez Montiel tomó el sobre. Buscó un abrecartas. El sonido del papel rasgándose fue agudo, violento en el silencio sepulcral de la sala.
Camila, por primera vez en toda la mañana, movió la cabeza. Giró lentamente hacia la izquierda, hacia la mesa de Ricardo. Sus ojos se encontraron. Y entonces, sonrió.
No fue una sonrisa de alegría. No fue la sonrisa dulce de la mujer que le preparaba café por las mañanas. Fue una sonrisa fría, clínica. La sonrisa de un cirujano antes de amputar una extremidad gangrenada.
Ricardo sintió un escalofrío que le bajó por la columna vertebral. En quince años, jamás la había visto así. Esa no era su esposa. Esa era una extraña. Y esa extraña le daba miedo.
El juez sacó los documentos. Había dos sets de papeles engrapados.
Tomó el primero. Leyó en silencio. Asintió levemente.
—Mmm. Ya veo —murmuró el juez.
Luego tomó el segundo set de documentos.
El juez se detuvo. Sus ojos se abrieron un poco más detrás de los cristales gruesos. Frunció el ceño, como si no pudiera creer lo que leía. Levantó la vista y miró directamente a Isa Monroe.
Isa bajó la cabeza, escondiéndose detrás de su cabello rubio.
El juez volvió a mirar el papel. Luego miró a Ricardo. Hubo un cambio en su expresión. La indiferencia burocrática desapareció, reemplazada por una mezcla de incredulidad y desprecio.
—Señor Landa —dijo el juez, con una voz que resonó como un trueno distante.
—Dígame, Su Señoría —respondió Ricardo, aunque su voz salió más aguda de lo que hubiera querido.
—Usted basó toda su demanda de divorcio en la premisa de la “verdad biológica”. Dijo en su declaración jurada que, y cito: “Un hombre no debe criar hijos que no llevan su sangre, ni pagar por los pecados de una mujer deshonesta”. ¿Es correcto?
—Es correcto —dijo Ricardo, sintiendo que el suelo se movía.
—Bien —el juez se quitó los lentes y los dejó sobre los papeles—. Porque la verdad biológica que tengo aquí es ciertamente… iluminadora.
El juez tomó el primer documento.
—Prueba de Paternidad 1 y 2. Sujetos: Diego Landa y Sofía Landa. Presunto padre: Ricardo Landa. Probabilidad de paternidad: 99.999%.
Ricardo soltó el aire. ¡Lo sabía! Bueno, al menos eso estaba claro. Camila no lo había engañado. Pero entonces, ¿por qué el teatro? ¿Por qué la sonrisa?
—Sin embargo —continuó el juez, levantando el segundo documento con dos dedos, como si fuera algo sucio—, aquí tengo la prueba que la defensa ha etiquetado como “Prueba de Prenatal No Invasiva”, realizada a partir de muestras recolectadas del feto que gesta la señorita Isa Monroe.
El corazón de Ricardo se detuvo. Literalmente sintió cómo el músculo cardíaco fallaba un latido.
Isa soltó un sollozo ahogado.
—Muestra comparativa: Señor Ricardo Landa —leyó el juez, implacable—. Resultado de paternidad… 0.0%. Exclusión total.
El silencio que siguió duró tres segundos, pero para Ricardo duró una vida entera.
Cero por ciento.
Exclusión total.
El hijo. El “hijo varón que se parecería a él”. El heredero por el que había destruido su familia.
Ricardo giró la cabeza lentamente hacia Isa. Ella estaba llorando ahora, lágrimas negras de rímel corriendo por sus mejillas perfectas.
—Ric, déjame explicarte… es que… estábamos en un tiempo raro y… mi ex novio apareció y…
—¡Señorita Monroe, silencio! —ordenó el juez golpeando el mazo.
Pero Ricardo no escuchaba al juez. Solo escuchaba un zumbido agudo en sus oídos. Miró a los periodistas al fondo de la sala. Estaban escribiendo frenéticamente en sus celulares. Los flashes empezaron a dispararse de nuevo, pero esta vez no eran de admiración. Eran los destellos de los buitres viendo la carroña.
