EL MULTIMILLONARIO RICARDO LANDA PENSÓ QUE TENÍA EL DIVORCIO GANADO AL ENTRAR AL TRIBUNAL CON SU AMANTE Y UNA SONRISA BURLONA, PERO SE CONGELÓ DE TERROR CUANDO EL JUEZ ABRIÓ EL SOBRE QUE SU ESPOSA MANTUVO EN SECRETO DURANTE MESES: UNA VERDAD DEVASTADORA QUE DESTRUIRÍA SU IMPERIO Y SU EGO PARA SIEMPRE.

—No, Ricardo —dijo Benítez, guardando su pluma—. Lo peor es que no te odia. Si te odiara, vendría a verte para escupirte. Camila ya no siente nada por ti. Eres indiferente para ella. Eres un extraño con el que comparte recuerdos, nada más. Ella ya te soltó. Ahora te toca a ti soltar.

Ricardo tomó la pluma. Sus manos temblaban.
Miró su firma. Esa firma que había valido millones de dólares en contratos internacionales. Ahora solo valía su libertad condicional (en un futuro lejano).

Firmó.
Lentamente, empujó los papeles hacia Benítez.

—Dile a mis hijos… —Ricardo se detuvo. Se le quebró la voz. Lloró. Lloró por primera vez en años, un llanto feo, ruidoso, sin glamour—. Dile a mis hijos que lo siento. Que papá se perdió.

Benítez asintió, guardando los documentos.
—Se los diré. Pero te sugiero que, cuando salgas de aquí, en unos años, intentes ser un hombre del que ellos no se avergüencen. Empieza de cero, Ricardo. Como cuando vivías en Iztapalapa. Quizás ahí encuentres al hombre que Camila amó alguna vez.

Benítez se levantó y se fue.
Ricardo se quedó solo en la mesa de metal.
Miró hacia el patio. El sol brillaba, pero no calentaba.
“Empezar de cero”.
No tenía dinero. No tenía familia. No tenía nombre.
Pero, curiosamente, al haber firmado ese papel, sintió un alivio minúsculo. Ya no tenía que fingir ser el Titán. El Titán estaba muerto.
Ahora solo era Ricardo, el recluso 4055. Y por primera vez en mucho tiempo, esa era la única verdad que tenía.

EPÍLOGO DEL CAPÍTULO: LA INAUGURACIÓN

Un mes después.
La Galería Hartwell abrió sus puertas.
No hubo prensa de chismes. Hubo críticos de arte, coleccionistas serios y amigos verdaderos.
El espacio era hermoso. Paredes blancas, pisos de madera recuperada, y una luz cálida que abrazaba las obras.

La exposición “Lo que queda después del fuego” presentaba esculturas hechas con madera quemada y metal retorcido, que proyectaban sombras de figuras humanas bailando.

Camila estaba en el centro de la sala, con un vestido color crema, sencillo y elegante. Sostenía una copa de vino, pero no bebía. Estaba hablando con un curador del Museo de Arte Moderno.

—La honestidad de las piezas es brutal —decía el curador—. Se siente el dolor, pero también la reconstrucción.

—El arte es eso —dijo Camila sonriendo—. Es tomar lo que está roto y encontrarle un nuevo propósito.

Diego y Sofía estaban ahí. Diego llevaba una camisa bien planchada y ayudaba a servir canapés, sintiéndose útil, parte de algo. Ya no se escondía detrás de la pantalla. Sofía corría entre los invitados explicándoles los cuadros con la misma pasión que su madre.

Camila los miró. Estaban bien. Estaban sanando.
Se acercó a la ventana que daba a la calle Orizaba. Vio la noche de la Roma, llena de vida, de música, de gente caminando libre.

Pensó en Ricardo. Sabía que hoy era su cumpleaños. 42 años. Probablemente lo celebraría con una cena de frijoles y arroz en una bandeja de plástico.
No sintió rencor. Sintió una paz inmensa.
Levantó su copa hacia la luna, en un brindis silencioso.

“Adiós, Ricardo. Gracias por los hijos. Gracias por la lección. Y gracias por irte”.

Se dio la vuelta y regresó a la fiesta. Su vida, su verdadera vida, apenas estaba comenzando.

(FIN DE LA HISTORIA)